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SUFRIDORAS

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  Este breve relato trata de ser un sencillo homenaje a esas mujeres cuya mala fama se basa en simples leyendas urbanas.  Qué fácil es culparnos de vuestro fracaso. Reconozcámoslo: al principio, todas sois maravillosas. No mentía, cuando contaba que estaba encantada contigo. Una chica adorable. Un valor añadido a la familia. Mi hijo no podría haber tenido mejor suerte. Todo se torció el día que compré aquella alfombra tan bonita, ¿la recuerdas? Tú la rechazaste y él se calló porque es un chico educado. Pero sufrió, lo sé. No se atrevió a contrariarte, prefirió sacrificar el orgullo de su madre. Yo acepté el agravio. Una hace cualquier cosa por no causarle problemas a un hijo, y menos   con su esposa.   Que tu vida sea un infierno te lo has ganado a pulso. No me culpes. Nos has decepcionado. Eres una desagradecida. Una advenediza que   no has sabido valorar lo bien que te hemos acogido en esta familia. No eras nadie, hasta que lograste cazar un buen partido.   No sé qué habí

ALIUS MUNDI

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                 Nada me inquieta más que la confusión, y mis recuerdos de aquella noche son demasiado confusos, lo reconozco. Pero no todos :           Recuerdo con nitidez tu desgarbada figura destacando entre toda la gente de la pista; me mirabas desde la barra con la condescendencia del que sabe que tiene a tiro su ave de presa. Te acercaste con una copa en la mano. Los destellos de luz se reflejaban en el resplandeciente blanco de tus dientes, iluminando tu sonrisa al ritmo de la estrepitosa música tecno. — Hola, ¿estás sola?—escuché tu pregunta tonta bailando entre el bullicio. Te sonreí estúpidamente. Sostuve tu mirada en la mía un breve instante, antes de sentir como deslizabas, con descaro, los ojos entre en mi escote y la blusa de satén.  Era sábado noche: música y seducción en una coctelera de luz, alcohol y diversión. Mi torpeza fue responderte: — ¿Sola en este aquelarre infernal? Eres un poco absurdo, ¿no te parece? Quizás no me oíste. Seguiste danzando con un brazo en alt

MEMORIAS DE ÁFRICA

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  Comienza la nueva temporada del Tintero de Oro con un reto de cine: un microrrelato con título de película.  África, un mundo donde habitan muchos mundos distintos, me parece el escenario ideal para un cuento de película.  Aunque nada tenga que ver con una de las mejores de la historia del cine. Una de mis favoritas: por la música, la fotografía y su ambiente de luces y sombras. Memorias de África:   película estadounidense de 1985, dirigida por Sydney Pollack  y protagonizada por Meryl Streep  y Robert Redford.  Está basada en el libro autobiográfico Memorias de África,   de la escritora Karen Blixen. Un éxito de taquilla que ganó siete premios Óscar.   Las memorias contadas en este microrrelato, solo tienen en común con esa exitosa historia, el continente africano. Argelia, un paraíso cercano en la orilla mediterránea.   Allí pasó una vez: El atardecer en Orán tiene un color especial. La bahía se iluminaba de sol en retirada cuando pisé África por primera vez.  Dos días después me

AQUEL VERANO AZUL

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                              I magen  ©  Mar que mira al Norte      La mesa cerca de la ventana que mira al mar. Pongo el mantel, tú los platos y dos vasos. Traes la sal y los cubiertos, yo las servilletas. Bebo agua, tú vino de una ribera lejana.  La poesía lo inunda todo. El mundo de mis cuatro paredes se desvanece en tu presencia.        Solo existimos los dos, y las manzanas del postre nos esperan inútilmente.  Somos voz. Somos piel. Energía en las miradas. Calidez en las sonrisas. Contadores de historias pasadas. Bocas, deseo y lenguas entrelazadas que aún no han olvidado el arte del besar.  Sueños tangibles convertidos en carne mortal. Pasados, imposibles en tiempo presente, ocupan nuestro espacio. Nos rodean. Nos abrazan. Nos transportan. Nos absorben en su burbuja etérea.      Flotamos en soledad.  No me despiertes aún. Sigue mirándome a los ojos. Todos mis sentidos navegan en tu mar. El aroma de mi taza me transporta. Me eleva como una pluma y me deja caer en la amplitud de

TRUENOS Y RAYOS

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  Los odiaba. Odiaba ser la mayor de aquella cuadrilla de hermanos y primos. Eran insoportables cuando tenía que quedar a cargo de ellos.      —Ya sabéis niños, hacerle caso a Adela en todo lo que os diga. Sí, sí… Qué bien suena la frasecita ¿verdad?   Y se iban tan tranquilos mientras yo sufriría hasta su regreso. A los doce años ya era una niña responsable. Toda una mujercita, decían mis padres, y confiaban en mí. Pero confiar en mi aparente paciencia tan a menudo fue   un fallo garrafal. Con los niños la perdía pronto,   y más en esa etapa de la vida.   A veces me poseía una fuerza tan incontrolable como aquellos energúmenos enanos. Eran cuatro: mi hermana Clara de siete años, y tres primos; para colmo dos gemelos de cinco, Carlitos y Alex, y Arturo que tenía nueve y era un bicho de mucho cuidado.   Someterlos me costaba sangre y sudor. Y a ellos lágrimas. Los gemelos mordían como hienas y mi hermana les imitaba tan bien, que casi me arranca un dedo en una de sus rabieta

TIEMPOS ROBADOS

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  Enternece verles caminar a la par. Despacio. Agarrados de la mano, con sus dedos retorcidos entrelazados y el paso renqueante apoyado en el bastón del hombre más alto. Llegaron el mes pasado. Comparten habitación y disfrutan juntos de las pequeñeces de cada día. Cosas tan simples, como repartirse la última rosquilla de la merienda y comer la misma comida sosa, les dan la vida. Y siempre cuidándose el uno al otro, con atención: —Cariño, ¿te has tomado la pastilla de las seis? Aquí nadie conoce su pasado. La mayoría   piensan que han coincidido en la residencia y   han hecho buenas migas desde el primer día. «Son tal para cual. Dos viejos chochos, que viven en su propio mundo de fantasía senil». Un apego que incomoda a los que no soportan la naturalidad con la que muestran su afecto ante todos. Algunos sospechan que ya se conocían. Y si alguien se atreve a preguntarles, responden siempre lo mismo: —Somos compañeros de viaje.   Entonces regresan a un tiempo que hoy ven

BALDÍOS

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  Habito un entresijo de barro cálido y poroso  maravillosa  cueva bajo el río de lava.   Habito un oasis propio ventanal abierto horizonte de mar azul mirando  al norte.   Habito un  hueco sin tejado poblado de  estrellas dormidas al raso en el lento sueño de soñar despierto. Habito la viga resistente encaramada al frío lomo del silencio  contemplando el universo.   Habito tu existencia y la mía a la  intemperie esperando pacientes la tormenta de versos.   Habito Habitas Habitamos Sobrevivimos en este baldío inmenso.                                                                                © Carmen Ferro. https://www.safecreative.org/work/2106208138786-baldios  

INOCENTES

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       Un día pasó: —¡Niñas, por favor!, que se desmaye una compañera tampoco es para armar tanto jaleo. A ver, Celia, habrás desayunado, ¿no?... ¡Tú, avisa a la enfermera!    Y vosotras: ¡bajaros de ahí, parecéis tontas!      El ratoncito estaba más asustado que aquellas histéricas subidas en el asiento de los pupitres.   Olivia podía verlo escondido detrás de la papelera. Era la única de la clase que sentía compasión del inocente roedor, aunque ella gritara tanto como las demás.      Cuando abrieron la puerta, el pobrecito salió disparado hacia el pasillo. ¿Qué sería de él?      Nadie es perfecto, ni tan siquiera Celia. La más lista de clase, la más guapa, la egoísta niña rica que jamás ayudaba a nadie a resolver un problema, además presumía de una extraña dolencia. —¡Ay, niñas!, resulta que padezco musofobia, los médicos dicen que es una enfermedad rarísima. ¡Es terrible, os lo aseguro!      Engatusó a todas con aquella palabreja, pero ninguna se atrevió a preguntarle na

EN SU NOMBRE

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                                                                             Imagen  © Carmen Ferro       Golpeó con los nudillos antes de entrar:                          — ¿Se puede?... Con su permiso.  Mis alumnos saben, que si tengo la puerta del despacho entreabierta, el paso está concedido.  Ella esperó mi respuesta, le contesté sin levantar la vista de la hoja donde escribía mi última ocurrencia:     —Pase y siéntese, si es tan amable. Enseguida termino con esto.     —Buenas tardes. No se preocupe, Señora Ferro, me sobra el tiempo. Alcé la cabeza para verla, su voz me resultó familiar pero su rostro no me aclaró mucho, la verdad. Se sentó en la silla que hay enfrente de mi mesa, aun así la veía borrosa. Culpé a mi presbicia y terminé de escribir el último párrafo del cuento. Entonces la miré otra vez con  atención ,  y me levanté a descorrer las cortinas. La luz natural me ayuda a ver mejor.     — ¿En qué puedo ayudarle? Disculpe que no recuerde su nombre…

VACÍOS

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            Había encontrado mi casa ideal: un piso moderno, amplio, lleno de luz, bien decorado y una bonita terraza con vistas a la montaña. El vendedor puso en valor cualquier detalle: los muebles de diseño, dos pinturas originales…  ¡La chimenea de leña!  Lo único que sobraban eran las cortinas, telones inútiles de un paisaje espectacular.  Todo lo demás me encantaba.         La primera noche dormí en el sofá, delante de la enorme pantalla del televisor ultramoderno. Me despertó el sol radiante de un día despejado  y frío en la primera semana de febrero.             Comenzaban los tiempos felices en mi nuevo hogar.         La noche ochenta y siete la recuerdo como si fuese ayer. Era dos de mayo, y soñaba con Candela cuando el suave roce del tejido de su blusa dejó de ser agradable. Desperté bruscamente. Las cortinas agitaban su furia contra mi cara, me levanté asustado y el vendaval que atravesaba los cristales cesó de repente. «Una pesadilla», pensé. Volví a la c