lunes, 9 de febrero de 2026

LA MALDICIÓN DE LA SANGRE

    



Lo de Alix y Nico fue un amor a primera vista. De nada servía la oposición de sus familias para evitar su relación.

—Abuela, por favor. Deja de presentarme pretendientes… Sabes que no me gusta ninguno, por muy ricos que sean. Y menos que intentes casarme con el primo Alberto, aunque encaje en tus planes.

—Sentido común, Alix… Vuestra sangre está muy entrelazada y ya sabes lo que eso significa. Además, su padre tampoco quiere vuestro matrimonio, te lo advierto.

—Pues por muy reina Victoria que seas, yo quiero a Nico y me casaré con él. Con o sin tu permiso. Es heredero de un imperio y guapo a rabiar. ¿Qué más puedo pedir?  ¡Sus padres son mis padrinos! No os entiendo, abuela.

En otro palacio, lejos de Inglaterra, el joven Nicolás tenía la misma lucha con sus padres.

—No insistas, hijo. Vas a heredar un imperio que necesitará un heredero sano que continúe con la dinastía Románov. Mezclar nuestra sangre con la de esa duquesita alemana no es lo más recomendable, lo sabes.

—Pues estoy decidido, padre. O me caso con ella o con ninguna.

Los tortolitos tuvieron que esperar a que papá Alejandro estuviese en el lecho de muerte para obtener el visto bueno.

—Gracias, padre. Ya puedes morir tranquilo.

Y el zar Alejandro pasó a mejor vida el primer día de un noviembre tan frío como la muerte.

A zar muerto, zar puesto.

El zar Nicolás II le comunicó a su amada que no le quedaba otra que convertirse a la fe ortodoxa para poder casarse con él. Y así lo hizo ella, al día siguiente de morir el viejo, cambió de religión y de nombre.

«Ser la Gran Duquesa Alejandra Fiódorovna, no está nada mal», se dijo para sus adentros la nieta de la reina Victoria. 

A la parejita le urgía compartir lecho. El frío en Rusia no se anda con tonterías y cuanto antes consumasen la pasión mejor les iría. Así que, apenas enterraron al padre, unieron sus destinos hasta el día de su muerte. No echaron cuentas del mal augurio de una boda precipitada cuando el ataúd todavía estaba reluciente. Así les fue.

Tuvieron que esperar a mayo para ser coronados y no se les ocurrió mejor idea que repartir comida entre el pueblo hambriento para celebrarlo. Al parecer, poca. Muchos murieron aplastados intentado conseguir un trozo de pan que llevarse a la boca.

            Mal empezaba la cosa.

Aquella desgracia no le hizo ninguna gracia al pueblo oprimido desde hacía demasiado tiempo. Encima, la zarina era una extranjera alemana, amante del lujo y de las joyas que no hacía nada por caerle bien a nadie. Una siesa.

Alejandra y Nicolás se dedicaron a desgastar sábanas con el roce del cariño, hasta que la carne dio sus frutos: una duquesita, otra duquesita, una más, la cuarta...

—¡¿Otra niña?! ¡Necesitamos un varón! ¡Un heredero!

Los gritos del zar retumbaron en todos los rincones del palacio y más allá.

Y en cuanto pasaba la cuarentena, ¡otra vez a procrear!

Unos añitos después…

— ¡El zarévich!! ¡Salvas de cañones en todo el imperio! — gritaba entusiasmado el papá del niño.

A la quinta, había acertado el tiro.

—Ay, cariño…, creo que el nene ha heredado la hemofilia de la familia— dijo la gran Duquesa a su marido.

—¡Me cago en los patucos del…!

—No blasfemes, Nico. Dicen que hay un curandero famoso en el imperio que es un mago curando enfermedades. Se llama Rasputín.

¡Traigan ese hombre a palacio!

Y el monje vino raudo. Sin saberlo, estaban abriéndole las puertas a la desgracia.

La envidia avivó los rumores. Las malas lenguas murmuraban que el monje le comía la oreja a la zarina y ella le comía el coco al zar para que tuviese en cuenta los chismes de Rasputín.

—Oye, Nico, ándate con cuidado con este y con aquel. Dice Rasputín que conspiran contra nosotros, que no me quieren porque soy extranjera, ni quieren a nuestros hijos… No nos quieren ver ni en pintura, Nicolás. Mucho ojo.

Pues sí. Los rusos estaban hasta las narices del autócrata, de los lujos en los palacios, las joyas de la zarina y de la miseria del pueblo. Además, indignados por las influencias de Rasputín en el gobierno.

 ¡Se acabó!

    El primero en caer fue el monje, el hechicero metido a médico que detenía las hemorragias del zarévich con su magia.  Aunque el tipo era duro y no se dejaba matar con facilidad, al final acabó expirando en medio de un río. Por si acaso se le daba por resucitar, los rebeldes quemaron su cuerpo un tiempo después.

    Al zar Nicolás el gobierno del imperio se le puso cuesta arriba. Demasiado grande, demasiados conspiradores y muchísimo cabreo del pueblo. Sobre todo, eso.

Y llegó la revolución.

—Tranquilos, lo dejo. Voy a buscar refugio en otro país y que os den a todos.

Sus amiguitos europeos le dijeron a los Románov que Rusia era muy grande y en una humilde dacha en Siberia pasarían desapercibidos.

Pero se lo tomaron con calma y los rebeldes los recluyeron en uno de sus palacios. Después, anduvieron con ellos de un lado para otro, hasta que obtuvieron permiso para acabar con toda la familia.

Una noche de julio, la sangre de los Románov se derramó sin piedad bajo la furia desatada de unos desalmados. Nadie imaginaba entonces, que un día serían canonizados. 

 

 

                                                            © Carmen Ferro.2/26

 

 

 

 

 

 

 

 

 

viernes, 23 de enero de 2026

ENTRE CERDOS ANDA EL JUEGO

 

 


 

Había una vez un cerdito, sonrosado y caprichoso, que metía los hocicos en territorios de otros, buscando valiosas trufas que cotizaban en bolsa para pagarse las fiestas en sus mansiones inmensas.

 

Contaban los mentideros que de joven el marrano comía tiernas gacelas. Por eso, al hacerse viejo, quiso dominar la selva para comer a su antojo sin que nadie le tosiera.

 

Una piara de cochinos, con caudales a raudales, compraban favores al lobo que esperaba agazapado a que pasasen las niñas que iban con la cestita a llevarle la merienda a la querida abuelita. Con tretas las engatusaba para el chancho que pagaba.

 

Tras la maleza escondidos, cazadores de tesoros tomaban notas del cuento, esperando el momento de rentabilizar el negocio desvelando el gran secreto.

 

Con el tiempo, el Cerdito quiso ser el rey del mambo, insuflando malos vientos en todas las coordenadas donde hubiese tierras raras, con la ayuda inestimable de colegas complacientes que contentaban al bicho sin importarles el precio que costase el capricho.

 

Cerdos cómplices soplaron sobre casas sin tejado y las paredes de barro.

 

Sobre el lecho del desastre, el magnate de los puercos dibujó un paraíso. Con gorrinos amiguitos construiría ciudades de lujosos edificios que lucirían lustrosos el oropel vanidoso que ensalzaba sus dominios.

 

Feliz, el Guarro insaciable movía con brío el tocino al son de la monedita que caía en su bolsillo.

 

Mientras, los afligidos esperaban con anhelo que el bicho se atragantase con zumo de caroteno antes de que llegase el infierno. 

 

 

 

 

                                       © Carmen Ferro.1/26

               

 

 

 

sábado, 13 de diciembre de 2025

CON UN PAR


PAR DE BOTAS, Vincent van Gogh



Hay historias que no cuentan los libros, que viajan en la memoria y se asoman cautelosas para darse a conocer, bajo el techo estrellado de una noche de verano o al calor de la lumbre que calienta las tardes tediosas de invierno. 
Son historias que viven en los recuerdos de los niños que las han escuchado, como la dulce melodía de una canción de cuna cantada en voz baja.

A Marina, cuando era niña, le entusiasmaban las que inventaba su abuelo en aquellos cuentos que siempre comenzaban diciendo: érase una vez un niño...

Recuerda sus palabras como si las acabase de escuchar, a pesar de saber que era imposible oír lo que nunca se había pronunciado. Pero él era tan buen narrador, que sus gestos y sonidos creaban una melodía acompasada en la que volaba la imaginación de sus cuatro nietas.

                                  ***************************   

Érase una vez un niño pastor que tenía miedo a los lobos, pero no le quedaba más remedio que ayudar a cuidar de los animales de la familia que pastaban en los montes de la sierra.

A Juancito no le incomodaba la tarea de guardar el rebaño, ni la dificultad de los caminos. Lo que no soportaba era el miedo a los lobos y a su malvado tío.

Cuando escuchaba los aullidos lejanos, se le clavaban los pies en suelo como si le creciesen raíces en las botas y no podía dar ni un paso. Un terror que su tío le sacudía a varazos en las piernas. Tanto, que llegó a temer más al tío que al lobo.

Una noche, la abuela se fijó en sus heridas y le preguntó qué le había pasado. Pero él no quería contarlo y se escapó corriendo al granero para ocultar el llanto. Ella lo siguió y lo acunó en su regazo para calmarlo. Entonces, le habló de su miedo al lobo, de los palos del tío y de las botas que pesaban como si fuesen de hierro.

—Pobre niño mío— le dijo la abuela—, te voy a hacer un regalo. Vente conmigo.

Le tomó de la mano y subieron al desván. La abuela sacó de un baúl un par de botas destartaladas. El niño la miró desconcertado, pues estaba seguro de que con aquel calzado caminaría mucho peor.

—Mira, mi amor. Esto lo guardo para ti desde hace unos años. Son las botas de tu padre, tu única herencia. Él era muy valiente, ya lo sabes. Sé que todavía son un poco grandes para tus pies, pero estos cordones son mágicos y los vamos a poner en tus botas. Ahuyentarán tu miedo y nunca más volverás a quedarte paralizado.

Juancito quitó los cordones de las viejas botas de su padre y los puso en las suyas. Cuando las calzó, se sintió felizmente protegido como por arte de magia.

Desde aquel día, nunca más se quedó parado ante ninguna dificultad. Su valor era tan fuerte que, cuando su tío levantó la vara para pegarle, se la partió en pedazos y le amenazó con sacarle los ojos si volvía a tocarle.

Jamás dejó de usar aquellos cordones.

Cuando creció y dejó el pastoreo por un trabajo en Suiza, tejió con ellos una pulsera que lo acompañó toda la vida. Aquel cuero gastado en su pulso era una inyección que le transmitía el valor de su padre y le hacía sentirse fuerte.

                               Nunca más tuvo miedo a nada. Ni a nadie.

                        ***************************************

Marina contaba ese cuento a su hija pequeña, acariciando la pulsera de cuero que llevaba en su muñeca, inventando las palabras que nunca había oído de boca de su abuelo. Pero aquellos cordones, aquellas botas, aquellos lobos y las palizas que su padre le daba a su madre muda, cuando venía borracho de la taberna, estaban marcados en su memoria como heridas de una quemadura profunda.

Los cuentos de un anciano sordomudo habían sido el bálsamo para soportar el dolor y el miedo que sentían las cuatro niñas que volaban en la escoba mágica de la voz inexistente de su abuelo.

Cómo atizaron al padre borracho, una noche de tormenta hasta reventarlo, es una historia que jamás será contada.


                                                                 © Carmen Ferro. 

Relato para participar fuera de concurso del Tintero de Oro

    


domingo, 16 de noviembre de 2025

POLARIS

 

                       

 


                                                

En casi todas las familias hay un iluminado, y en la nuestra tenemos a mi primo Abelino. Ya desde pequeño mostraba gran afición por el universo y la chatarra.

No es que acumulase basura sin ton ni son. Nada más lejos. Aprovechaba las cosas que otros desechaban para construir el vehículo espacial con el que pensaba explorar las estrellas.

Tenía imaginación, ingenio y tenacidad a raudales. Además, contaba con la colaboración entusiasta de su hermana y de esta que lo cuenta. Juntos ensamblamos, lata a lata, el artilugio que nos transportaría al espacio.

            Un viernes, a mediados de noviembre, sobre las ocho de la tarde, nos embarcamos en nuestro peculiar transbordador. Desde lo alto de la fortaleza que vigila la ciudad, partimos rumbo norte hacia el mundo estelar.

Pasó lo irremediable. A los pocos minutos, caímos suavemente. ¡Menos mal!

—Llegamos—dijo el capitán.

—¿A dónde? — preguntó su hermana, yo había quedado muda del susto.

—A Polaris.

—Pues creo que hemos alunizado en el árbol de Navidad—intenté decir.

—Cinco, cuatro, tres, dos, uno…

No sé si me cegó más la ira o la intensidad de millares de luces led inundando las calles de color. Tanta faena, para acabar haciendo el ridículo de esa manera.

 La gente aplaudía y se desgañitaba entusiasmada al ritmo del inagotable villancico de María.

—¡Mira, mira! —gritaron unos niños—¡Hay duendes colgados en la estrella!

Menudo bochorno. Cientos de cámaras inmortalizaban el acontecimiento.

     Mientras, Abelino anunciaba sin complejos: 

        ¡Ya es Navidad en el planeta tierra!


                                                                 © Carmen Ferro. 

 




lunes, 8 de septiembre de 2025

DESASTRE PREMEDITADO

 

       

                                             

                                                    DESASTRE PREMEDITADO

 

    Ayer por la tarde, mi abuelo se empeñó en llevarme al Museo Reina Sofía. Quería enseñarme un cuadro muy importante, me dijo.

Desde mi escasa estatura, entre las personas que había ante el gran escenario del lienzo grisáceo, pude ver el pánico reflejado en los trazos de las figuras destrozadas clamando al cielo.

  Concentrado, como me enseñó el abuelo a ver los cuadros, escuché sus gritos espeluznantes en el silencio atónito que me rodeaba.

Él cuchicheó cerca de mi oreja:

—Guernica,1937. En un día de mercado, cayeron bombas extranjeras sobre el pueblo. Un desastre premeditado.

Callado, observé los rostros del espanto que inmortalizó Picasso. Estremecido, ante la mujer con el niño en brazos desgarrada de dolor.

Esa mujer —pensé— es el rostro de miles de madres que están clamando al cielo, hoy. El desastre premeditado, en el lienzo de la pantalla, nos muestra el escenario del espanto a diario. Sin rubor.

—Podría ser Gaza, 2025, ¿verdad, abuelo?

—Exacto, Mauro. Sin fecha. Allí, el cuadro del horror está en movimiento constante. Desde hace muchos años.

 El vigilante de sala nos miraba con un dedo sobre los labios. Silencio.

Salimos.

—¿Nosotros podemos hacer algo para evitarlo, abuelo?

—Sí, ruido. Las guerras siempre han sido un negocio de cálculo premeditado.

Caminamos charlando, de regreso a nuestra casa confortable, entre las terrazas que invaden las aceras del cuadro ruidoso de mi barrio.

Cañas de cerveza y risas a raudales, un día cualquiera.

                                    

                                                                               © Carmen Ferro.   








domingo, 15 de septiembre de 2024

NIEBLA

     

 


Este relato está escrito para participar en reto de septiembre propuesto por  VadeReto de escribir sobre LA SOLEDAD



NIEBLA

Sé que esta mañana nadie me traerá el desayuno a la cama, como hacías los domingos durante tantos años. Salgo de casa temprano y me pierdo en la niebla que envuelve las calles casi vacías, para no asfixiarme en la melancolía de la ausencia que devora el aire que me rodea. Todavía no han apagado las farolas del barrio, que apenas alumbran las aceras que me llevan hacia el café Melodías.

Cuando llego, Josefa me saluda, tan cariñosa como siempre, y me trae a la mesa las tostadas con jamón y la taza de café cargado —con cafeína hasta el borde porque el corazón lo tengo destrozado y así siento que aún palpita—, un vaso de agua y el jornal del día.

Nuestra amiga me sigue tratando como a un hermano. A veces, tengo la sensación de que este lugar alivia mi pena, por eso seguiré viniendo a desayunar aquí hasta que me abandonen las fuerzas. 

No sé porque leo el periódico mientras como, si los diarios solo cuentan malas noticias y eso no es lo mejor para comenzar el día. Tenías razón cuando me decías eso. Sin embargo, sigo leyendo las esquelas después de echarle el vistazo a los titulares de la primera página. Mis manías no han cambiado en estas cosas y ahora cada vez es más frecuente encontrar un nombre conocido en esos cuadraditos enmarcados en tinta negra. Aunque confieso que fui incapaz de leer la tuya.

Nunca me he arrepentido de que no hubiésemos tenido hijos. En eso, sigo pensando lo mismo de siempre: la descendencia no es garantía de nada, tampoco de sentirnos menos solos cuando llegamos a viejos.

        Regreso a nuestra casa, con las mismas ganas que lleva el convicto a la soga. La niebla se ha convertido en una fina llovizna que barniza el empedrado de las aceras. Me paro un momento en la frutería de José para comprar manzanas y peras. Sí, peras, aunque te extrañe. No es que ahora me gusten, pero me agrada ver en el frutero tu fruta preferida. A veces, hasta me como alguna en la cena, ¿qué te parece? Serán antonjos de un viejo que navega en la nostalgia.

            Hoy iré a comer al restaurante de Lola, como hacía antes contigo. Sigo comiendo allí el cocido de los domingos, aunque ahora como un poco menos y no es porque me falten más dientes. El resto de la semana lo hago en casa, me cocina la mujer que me ayuda en las tareas.  No te preocupes, me alimenta bien, hace lo que debe y es respetuosa. Y yo sigo siendo un hombre de orden, que en eso no he cambiado nada.

            El perro sigue por aquí, pero ahora duerme en nuestro cuarto. No se sube a la cama, lo has dejado bien enseñado, pero le permito que se acurruque en tu sillón. Lo he cubierto con una tela para que no se peguen los pelos a la tapicería. Al final, las cosas se quedan cuando nos vamos, y pienso que es mejor que disfrute Niebla del sillón que el sujeto que lo compre cuando yo también haya muerto. Ya sé que lo consiento demasiado, pero es la única compañía que me queda.

 

                                                                     © Carmen Ferro.   

viernes, 6 de septiembre de 2024

EL REINO DEL ENREDO

 


 

          

En el reino de las fábulas, pájaros cantores vuelan saltando de rama en rama, ambientando con sus trinos el bosque de mentideros con ficticias melodías, sin reparar que en sus picos portan el oro del rastro que engorda la rica hacienda de los dueños del cotarro.

           Hadas, brujas, hechiceros, señores y vasallos, disfraces maravillosos, vendedores de espejismos, trileros, pícaros y tramposos transitan por los caminos en busca del mejor sitio donde plantar el mensaje que atraiga a muchos mosquitos.

         En algún lugar del reino, don Juan tienta a doña Inés. Mientras, en una alcoba lejana, la cándida ilusionada espera tejiendo nubes de algodón en su almohada. Mas, el señor sin corazón busca a otra más lozana, que le entregue con pasión la bolsa de los caudales que guarda.

Un inocente Romeo arriesga su vida en vano, encaramado al balcón de una Julieta sin alma. El buen hombre se ha enredado en el cuento de su amada, que dice penar encerrada en una cárcel dorada. Ella, si poder pudiese, escaparía volando a refugiarse en sus brazos, pero oculta al cándido enamorado que ha de morir esperando.

El avispado Aladino sobrevuela el territorio, buscando la lamparita que le cumpla los deseos solo con frotarla un poco.

Ranas, princesas y sapos vestidos con ropa cara muestran hermosos paisajes y platos de ricas viandas, en busca de seguidores que les sufraguen con likes los estupendos viajes que solo verán en pantalla.

Trovadores, vendehúmos, prosa y poesía sincera, amor del bueno y del malo, bufones y plañideras…

Toda la fauna y la flora del Reino de los enredos navega los anchos mares entre cantos de sirena.

 


                                                                     © Carmen Ferro.   

viernes, 15 de diciembre de 2023

LA DAMA AURIENSE

 

 

 


Cuentan los que saben de estos cuentos, que a la misteriosa dama se le puede ver cabalgando, a lomos de un hermoso corcel blanco, por las escarpadas riberas del  Sil. Desde que el mundo tiene memoria.

Unos dicen: que la mujer rubia pertenecía a un pueblo celta, que habitaba en la zona hace más de mil años. Una hermosa joven, a la que la bruja de una tribu rival, envidiosa de su belleza, condenó a vivir para siempre encerrada en el castro ya olvidado entre la maleza de aquel lugar. Del que solo puede salir en las noches de luna llena, trotando en el caballo que robó a un soldado árabe, cuando Almanzor regresaba de  arrasar Santiago de Compostela, llevándose las campanas de la catedral como venganza.

Otros aseguran: que la dama Dorada, siglos atrás, fue una sierva romana. Cuando los romanos eran los señores de las tierras de Gallaecia. Un centurión se encaprichó de la joven, que lo rechazó ante toda la plebe. Sin embargo, lejos de avergonzarse, el hombre recurrió a las malas artes de una hechicera, que aún la retiene en contra su voluntad, encerrada para siempre en  una de las bodegas de la vertiginosa pendiente de los viñedos, que todavía existen en los  bancales del lugar donde los romanos cosechaban el apreciado vino de Amandi. Que el hechizo sobreviva al paso del tiempo es un misterio, ya que ni tan siquiera aquella hechicera romana vive para explicarlo.

Incluso hay quien sentencia: que ni una cosa ni la otra. La hermosa dama, en realidad, fue la amante del Abad del monasterio más poderoso de ese territorio.  Un hombre piadoso, que torturado  por el pecado de la carne, y temeroso del infierno que le esperaba en la otra vida, enfermó del mal de amores y encerró a la causa de sus tentaciones  en una celda recóndita y húmeda del lugar sagrado que regentaba. Prefería martirizarla con su injusticia a sentirse arrebatado por su belleza. 

 Mientras tanto, la existencia de la muchacha condenada a vivir hasta el día del fin del mundo, continúa transitando en el imaginario de las gentes de los pueblos de la comarca. Aunque nadie confiese haberse encontrado en su presencia, todos comentan que por allí anda una mujer cautiva del tiempo, por alguna razón inexplicable.

 Solo, los ángeles custodios, apiadados de su injusta situación, le permiten salir, una vez al mes, en el caballo del apóstol Santiago, para asegurarse de que el equino la devuelva a su celda antes de que la luz del sol pueda iluminar su piel.

Sea cual fuere el origen de su historia, lo cierto es que la hermosa dama Dorada está condenada a vagar sola por los bancales de los viñedos por toda su existencia.

No obstante, y a pesar de tantas versiones del cuento, una cosa es cierta: encontrarse con ella y saber guardar el secreto, atrae a la buena suerte.

Por eso, David jamás contará que la ha visto. Aunque aquella visión onírica es un recuerdo maravilloso que quedó grabado en el rincón más indeleble de su mente. 

La Dama Dorada tiene una presencia fascinante. Cuenta la leyenda,  que su belleza exótica permanece joven para siempre, gracias a las excelentes propiedades de las aguas termales de la zona. Allí, se la encontró el buen hombre, bañándose en las cálidas pozas de las orillas del Miño, una noche de luna llena. Relucía en su piel un firmamento de destellos dorados, bajo la luz blanca del plenilunio de agosto. Como una sirena, impregnada del oro que aún se encuentra en la arena de las aguas donde los romanos cribaban las pepitas doradas.

Quién logra ver así a la dama Auriense, es bendecido con la buena fortuna.

Embelesado por tanta belleza, David la vio desaparecer sonriente, sumergida en las aguas medicinales de las termas, dejando la imagen de su magnífica presencia impresa en su memoria para siempre. Todavía no sabe si lo soñó o fue real, pero nunca romperá el hechizo de la buena suerte contando que, una vez, tuvo la magia tan cerca.

 

                                                              © Carmen Ferro.   




 

 

 

martes, 10 de octubre de 2023

DON NADIE

 

  



        Soy un nadie. Lo sé. Me lo recuerdan los que pasan de largo, molestos al verme pidiendo en esta esquina.

    Sí, te hablo a ti. No te asustes. Soy un tipo pacífico y las únicas drogas que tomo son legales, casi todas con receta médica. Como ves, hacen bien su trabajo: me mantienen tranquilo, espectador pasivo de la sociedad consumista que camina de un lado para otro sin cesar.

            Yo me muevo poco.

    Sé que no te gusta verme dormir en el cajero, demasiado cerca del portal de tu casa, pues temes que envidie tu vida confortable y te ataque para robarte el bolso de marca. O algo peor, porque eres mujer, joven y guapa.

            Tampoco eso me motiva, puedes estar tranquila.

    No te juzgo. Aunque a mí me juzguen la mayoría de los que me ven tirado entre cartones, tan cerca de vuestros caudales, amenazando vuestra seguridad.

    «Este, cualquier día, me atraca», piensan cuando se acercan al buche metálico que suelta los billetes, idénticos a los que pasaron por mis manos antes de caer en desgracia.

        ¿O qué te crees? ¿Qué siempre he sido un paria? Pues no. Saberlo te ayudaría a superar el miedo que te inspiro.  

     No me mires de soslayo. Te comprendo. 

    No hace tanto tiempo, yo pensaba lo mismo de los sin techo. Cuando todavía no era un don nadie y tenía un trabajo bien remunerado; una familia querida; un coche caro; visa oro; compañeros a los que les pagué muchas cañas y el salario suficiente para comprar ropa tan buena como la tuya.

        Pero un día me despidieron. Una desgracia a mi edad, no te miento.

        El cínico del patrón pretendía engañarme con sus palabras falsas:

        —Esto es muy difícil para nosotros, Adolfo. Después de tantos años, que tengamos que prescindir de ti es muy doloroso. Pero esta maldita crisis...

           Crisis, esa palabra que lo excusa todo, debería darte más miedo que yo. No lo dudes. 

    No tuve más remedio que recoger mis cosas y marcharme al bar de Tomás a pillar una cogorza. Solo. Pues, el olor a apestado ahuyentó a los compañeros de trabajo desde ese momento. Enseguida supe que el finiquito también incluía esa cláusula perversa.

      Y en la barra de aquel bar, empezó mi declive. Aunque, entonces, yo no lo sabía.

     La maldita cincuentena: demasiado mayor para otra oportunidad y demasiado joven para no intentar encontrarla. Incontables, las veces que escuché decir que el mercado laboral había cambiado y debería reciclarme.

        Reciclar: otra palabra destructiva. Toma nota.

    Llevas un reloj precioso. ¿Sabes?, también tenía uno de esa marca. No temas, que no pienso robártelo. No soy de esos, aunque me veas vestido con andrajos que recojo en los contenedores y no me quito de encima hasta que se pudren.

        ¿Apesto? Ay, si yo te contara… 

    Cada semana, iba a mi peluquero de confianza. Esta barba, desaseada y sin control, estaba rasurada; y del pelo, ni te cuento los cuidados; duchita diaria y spa los fines de semana. Entonces, olía a perfume. Cómo lo oyes… No de esos que puedes comprar en cualquier sitio. No, de los buenos de verdad. Vestía impecable: trajes de diseño italiano; zapatos españoles, por supuesto. Las corbatas, siempre me las elegía Elena, que tenía muy buen gusto. 

    Exquisita y lista, mi ex: me mandó al carajo en cuanto detectó la velocidad a la que se vaciaban las cuentas bancarias. No la culpo.

    A partir de ahí, me obsesioné con la máquina tragaperras del bar. Tenía que recuperar a Elena. Pero en eso, tampoco estuvo la suerte de mi lado.

    Un día, Tomás dejó de confiar en mí y de fiarme las cañas que nunca cobraría.

    Y no. No vine directamente de su bar a este colchón de cartones. Antes, acabé con la paciencia de mis padres. A su único hijo no iban a dejarlo tirado, ¿no te parece?

    Enseguida comprendí que mi situación les resultaba insoportable. No era fácil convencerme de que debía salir de la cama para  buscar trabajo.

            Depresión no es una palabra de moda. Atenta. 

    Lo supe demasiado tarde y el alcohol ya se había convertido en mi terapeuta de confianza.

    Una mañana, no soporté la mirada de sufrimiento de mi madre y no regresé a su casa. Nunca.

            No estoy así por gusto, te lo aseguro.  

    Era un hombre feliz. Con trabajo, buena mesa, ropa de calidad, cenitas con los amigos y una familia maravillosa. Una vida, quizá, muy similar a la tuya.

            Llegar hasta aquí, ha sido un viaje corto. Te lo advierto. 

    Ahora, solo puedo perder lo único que me queda. Por eso me consuela pensar que en estas condiciones no tardaré demasiado en conseguirlo. Ni te imaginas la cantidad de personas que tiran tabaco al suelo sin que les duela el alma. A mí me duelen un poco los riñones al recogerlo, pero el estómago me funciona de maravilla, a pesar de alimentarme con vuestros desperdicios.

             ¿Qué asco? ¡Cuántas veces habré dicho eso mismo!       

                    ¡Eh!, ¿has dejado caer este billete en mi sombrero? 

            No compres tu tranquilidad. Yo nunca le haría daño a nadie.

                            

                                                 © Carmen Ferro.        


 

 


sábado, 9 de septiembre de 2023

LA MALA CONSEJERA

 



Que Álvaro no era un inepto para escribir lo sabían todos. Pero  los premios, los halagos y la admiración recaían siempre en  la pequeña de la familia Gil de Soto Mayor.

No comprendía esa diferencia en los reconocimientos. Los dos firmaban con el mismo apellido y compartían la fascinante biblioteca familiar, repleta de ejemplares recopilados durante siglos por su familia de abolengo reconocido, y al muchacho se le reblandecían los sesos buscando cómo superar a su hermana, aunque solo fuese una vez.

«Se pasa horas ahí metida, dándole vueltas a los libros amarillentos de las estanterías, y sabe que muchas de esas historias son desconocidas. Esa listilla copia los textos, los maquilla y los viste bonito, les cambia el título, los firma con su nombre y engaña a todos. Menos a mí, claro. La muy rata plagia», sentenció.

Aunque nunca había visto a su hermana copiar, decidió imitarla. Recurrió a los tomos más inaccesibles, convencido de que allí ella no habría alcanzado ningún libro. Durante días, se dedicó a hojear, leer en diagonal, anotar frases que le llamaron la atención y copiar párrafos enteros.

Cuando creyó que tenía lo esencial, recompuso la historia y la contó con sus propias palabras. Revisó el texto al milímetro, corrigiendo la ortografía hasta la pulcritud.  Satisfecho con el resultado, lo imprimió, convencido de que esa vez el premio del concurso no sería para Lucía.

Entonces, se fijó en el tintero dorado que relucía sobre el  escritorio de su padre, el último premio conseguido por la niña de papá. Lo tomó en sus manos y leyó la frase grabada  bajo el nombre de la premiada rata familiar:

«Pídeme un deseo y lo verás por escrito».

— Menuda cursilería— se dijo— ¿Tengo que frotarle el lomo a la lamparita mágica de las letras de la niña para ganar el concurso? De acuerdo, firmaré esta historia con la tinta de esta reliquia ridícula y a cambio me concederás el privilegio de dejar al jurado sin palabras.

Ciego de orgullo, no leyó la advertencia en el envés del frasco «todo tiene un precio» y  firmó con su apellido de abolengo, antes de guardar los folios en su escritorio bajo llave. 

Ay, la vanidad. Tan seguro estaba de su obra esa vez, que la envió al concurso sin repasar ni una coma más. 

En ninguna de las ediciones del certamen, les habían enviado nada igual. Los diez folios en blanco, firmados a pluma por Álvaro Gil de Soto Mayor, sorprendieron a todos.

Su nombre era lo único  que había sobrevivido a la ausencia de las palabras del texto, que se habían esfumado del papel de buena calidad.  Bajo la firma, una frase, escrita en letras doradas, sentenciaba:

               «La envidia es muy mala consejera» 

                        

                                                                          © Carmen Ferro.                                                                            

 

LA MALDICIÓN DE LA SANGRE

     Lo de Alix y Nico fue un amor a primera vista. De nada servía la oposición de sus familias para evitar su relación. —Abuela, por fa...