miércoles, 7 de diciembre de 2022

LAS ENTRAÑAS DEL FARO




  

   

        El día en el que mi abuelo Julio cumplió setenta y cinco años, mi madre dijo que a su padre se le estaba yendo la cabeza. Yo solo tenía quince, y me costaba entender a mi familia, pero sabía que lo que contaba aquella tarde pasó de verdad.

    Todo empezó con la fiesta sorpresa que organizaron sus hijos para celebrarlo. Eligieron un hotel precioso. Un faro, cerca de las ruinas del cuartel donde hizo el servicio militar, con impresionantes vistas al océano Atlántico. Pero lo asombroso de ese lugar no se ve. El sitio, donde el abuelo estuvo sirviendo al país como ingeniero electrónico, es increíble.

A la fiesta vino su amigo Sixto, que también trabajó con el equipo científico. Entre los dos recordaron anécdotas de película.

    Después de comer, los demás prefirieron quedarse en la piscina. Yo les acompañé porque iban a enseñarme el cuartel, aunque sabía que contarían batallitas (ya sabéis de qué os hablo), por eso nadie quiso acompañarnos. Soy demasiado curioso y nunca pierdo la oportunidad de escuchar cualquier historia, sea verdad o no.

    Salí ganando. Pasaron de visitar las ruinas y fuimos directos a uno de los puestos de vigilancia camuflados en la ladera del monte. Ni hablaron de lo que se vigilaba desde allí entonces, como niños ilusionados buscaron la puerta oculta por la maleza. El señor Sixto iba preparado, llevaba en la mochila el machete, dos linternas y dos cascos. El abuelo ya llevaba el suyo puesto al salir del hotel, regalo de mis padres. Quizás sospechaban lo que iba a pasar.

     Entrar en aquel túnel fue alucinante.  La luz de las linternas proyectaba nuestras sombras en las paredes de piedra. Los imaginaba allí de jóvenes, moviéndose como topos, pero el abuelo me dijo que había luz eléctrica. Todavía recordaba cómo se abría una puerta secreta, disimulada en la pared como una piedra más. Descubrí para qué sirve la brújula tatuada en su brazo. Marcó las coordenadas y la losa se deslizó, como tragada por la pared, y se encendió la lámpara del techo.  Ante mis ojos apareció una galería enorme.

— ¡El laboratorio secreto!—, grité entusiasmado.

—No, Xavi. Esta era la factoría de androides, el laboratorio lo han destruido.

— ¡No me vaciles, abuelo!

No le creería, pero Sixto insistió en que era cierto, y de él nadie decía que se le iba la pinza.

Iban en serio, se les quebraba la voz al decir que los que de verdad mandaban allí eran los ingenieros alemanes. Ellos lo manejaban todo, se lamentaban.

—Apenas dejaron nada cuando cerraron las instalaciones. Es una lástima, sé que te encantaría verlo.

— ¡Sería una pasada!

— Imagina esta sala como una cadena de montaje — me explicaba Sixto—. En esos estantes había cajas con los diferentes elementos del cuerpo y en las mesas montaban las piezas metálicas en las hormas, como puzles. Luego verás la zona donde construían las cabezas, aquello sí que era tecnología avanzada.

    Estaba espeluznado imaginando la fabricación de los androides, cuando el abuelo me sujetó los hombros antes de abrir la sala anexa. Hizo bien. Allí la lámpara no funcionaba y me hubiese caído de espaldas al ver aquellos cráneos iluminados por las linternas.

—Elaborar las cabezas era tarea exclusiva de sus informáticos—continuó mi abuelo—. Los alemanes no compartían el proceso con nadie y solo podía entrar  aquí Mauricio, el biólogo.  El único de los nuestros que pudo ver los cadáveres congelados, de un hombre y una mujer, que guardaban en la cámara excavada en la roca. De aquellos cerebros  extraían las células para replicar en el laboratorio, antes de insertarlas como materia orgánica en los cerebros artificiales. Increíble ¿verdad?

    De pronto, se abrió otra pared. No sé cómo porque estaba al borde del desmayo. Menos mal que había luz…

—Aquí, ensamblaban todos los elementos del cuerpo en moldes de acero y los cableaban con circuitos electrónicos, antes de  rellenarlos  con viscolátex en una máquina que estaba en aquella esquina—el abuelo no paraba de hablar—. Una vez desmoldas, recubrían las figuras con piel sintética, producida a partir de un alga gelatinosa que abunda en esta costa. En eso, era especialista nuestro amigo Mauricio. Lograba crear piel y cabello idénticos a los humanos. Un maestro. Tenías que ver lo bien que clonaba los ojos de gato.

—Siéntate, si quieres— me dijo Sixto.

    Reconozco que ya era cobarde. No me atreví a preguntar: ¿Y vosotros, qué hacías aquí?

—El acabado era impecable—continuó—, pero debían conseguir que los androides parecieran auténticas personas. Neurosiquiatras y sociólogos los instruían en el comportamiento humano, y les enseñaban a mostrar las emociones que jamás podrían sentir. Una vez optimizados, desfilaban por los túneles acompañados de sus instructores, hacia la salida que comunica estas instalaciones con el mar.

—Ahí teníamos prohibido pasar, el mantenimiento de ese túnel también era cosa suya —añadió mi abuelo—. Cuentan que va sumergido en el mar hasta las islas Cíes, donde cargaban en submarinos todo lo que se producía en esta factoría. ¿Qué hacían con ellos?... Nunca lo supimos.

    Cuando salimos a la superficie mi cabeza flotaba en historias inverosímiles. Sentir la brisa del mar fue el alivio que me devolvió a la realidad del atardecer, púrpura encendido sobre el horizonte del océano.

Quizás era demasiado ingenuo, pero sabía  que  ya nunca podría ver aquel paisaje con la complacencia de los que ignoran los secretos de sus entrañas.

                                                                        © Carmen Ferro.   



Este relato participa Fuera de Concurso en El Tintero de Oro









sábado, 12 de noviembre de 2022

EL OPERARIO DEL TURNO DE NOCHE

 

 

  



El lunes llegó tarde y vino en taxi. Se disculpó, me dijo que había ido al pueblo, a ver a sus suegros, y el tren llegó con retraso.

Le vi tan abatido que no me atreví a preguntarle si ya sabía algo de su mujer. No era la primera vez que tras una bronca metía cuatro cosas en una bolsa, apagaba el móvil y se iba unos días. Luego, regresaba como si no hubiese pasado nada.

En esta ocasión, ya han pasado diez días y el móvil sigue apagado.

La policía insiste.  Ayer vinieron a revisar la taquilla de López y otra vez hicieron preguntas. Les repetí lo sucedido el lunes y les comenté que el hombre es muy reservado. Lo poco que hablamos es en los cambios de turno y él trabaja de noche.

 Esta mañana, llegué media hora antes y le invité a un café. Quizás necesitaba hablar, porque me contó que discutían a menudo. Le aconsejé que se tomase un descanso y me dio la razón.

—Un tiempo de reflexión me vendrá bien—me dijo.

Eran las once cuando se atascó la cinta que lleva la basura al incinerador y avisé al técnico.

— ¡¿Quién cojones tiró esto aquí?!

Bajé a ver qué pasaba. Inmediatamente llamé a la policía, se me había olvidado decirles que el lunes López llegó arrastrando una maleta grande. Los restos que atascaron los rodillos eran del mismo color. Me conmocionó la mano aplastada. ¡Qué horror! Ni se molestó en quitarle la alianza.


                                                                                                     © Carmen Ferro.   


            

martes, 11 de octubre de 2022

LA LECTORA DE SUEÑOS






        Aceptar una oferta de trabajo como persona de compañía de un anciano amargado no era el mejor plan de mi vida. Desde el principio supe que no sería una tarea agradable.

—El señor es de carácter difícil —me advirtió su sobrino—. Un hombre triste que nunca superó la muerte de su esposa. Por eso usted debe ser paciente y saber entender sus arrebatos de mal humor. Por lo demás, comprobará que es un hombre educado y culto que adora los libros y la música. Mentiría si le digo que mi tío es encantador, sé que no se deja querer con facilidad. Pero confío en que encontrará la manera de entenderse con él. Yo solo me ocupo de buscar la persona adecuada, es él quien ha tomado la decisión y le pide que comience cuanto antes. Como ya sabe, su visión es muy deficiente. Por eso le ha dado tanta importancia a la voz de las candidatas, y la suya le ha fascinado. De hecho, insiste en que el salario no sea un impedimento, ya que está dispuesto a ser generoso. A cambio, usted deberá venir todas las tardes a su casa, excepto los domingos y los festivos, y su cometido será acompañarle de manera activa.

Y aquí estoy, ni por mi conciencia social sobre la soledad en la vejez, ni por la ambición de un salario que dobla a cualquiera de los que he ganado hasta ahora. Lo que realmente me motiva, para enfrentarme a este  reto, es la idea de poder estar todas las tardes en esta asombrosa biblioteca repleta de libros antiguos.

Tengo veinticinco años, y vivo con mis padres en un pueblo marinero a trece kilómetros de este palacio. Terminé mis estudios de enfermería hace un par de años, pero, sin duda, me atrae más el arte. Y sobre todas las cosas, adoro la poesía.

Desde la primera tarde, comprobé que el sobrino del señor marqués no había exagerado. El hombre vive entre la soledad de sus posesiones y es tan gris como su pelo. Se llama Marcial. Concretamente, debo llamarle Don Marcial. Y sí, es bastante huraño. Tardó casi un mes en sonreírme, aunque siempre se mostró amable conmigo. Sabía que no iba a tener muchas oportunidades de encontrar a otra joven que aceptase este empleo con alegría y buen humor. 

En esta casa todo huele a pasado. Los espesos cortinajes de las ventanas impiden que pase la luz exterior, y los retratos que cuelgan en las paredes del palacete parecen fantasmas que  me vigilan sin descanso.  Según mi jefe, sus antepasados son los únicos familiares que le caen bien.

 Todo lo demás no me disgusta. Cada tarde, al regresar del pequeño paseo por los jardines de la plaza, nos acomodamos en la sala repleta de libros y leo en voz alta para Don Marcial. A pesar de su limitada visión, sabe dónde se ubica cada uno de ellos, y en su escritorio siempre hay un poemario,  del que le debo recitar un poema cada día.

El noble señor me inspira ternura. Verso a verso, noto como su mirada recupera el brillo. La poesía es un bálsamo sanador. Se la recito con pasión, con calma, con el alma abierta de par en par. Se emociona, y por esa rendija le inyecto la motivación vital.

Según su sobrino, su ánimo ha mejorado. Se enoja menos y se le están olvidando algunas de sus manías.

Es cierto, el hombre se recupera del ostracismo. Su piel está menos pálida y alguna vez se ríe a carcajadas, cuando añado a la lectura la historia de un par de brujas pícaras que invento sobre la marcha. Entonces en sus ojos brilla la ilusión de un niño.

 Sé que me estoy ganando su confianza, por eso ayer le conté que escribo poesía.

Hoy es su cumpleaños. Traigo una tarta y  mi cuaderno de poemas para darle una sorpresa. Siento pudor por intentar competir con sus libros.

En el salón, espera el pianista que contrató su sobrino para amenizar esta tarde especial. Alguien abrió las cortinas y el paisaje otoñal asoma su luz por las ventanas, llenando la tarde de nostalgia. La atmósfera que envuelve esta casa insulsa, cuando suena la música en el viejo piano, me seduce. Me siento al lado del hombre emocionado y estrecho sus manos entre las mías. Mirándole a los ojos le recito:

 Teje la melancolía

cortinas del pasado

 con hilos de lana vieja.

La luz desteje  la trama

 del alma deshilada

                                         en el telar de la vida.

  Vestida de hojas secas

llega esta tarde

nueva, para ser tuya

fresca, para ser mía

libre, para ser nuestra.

 

Soplo la vela azul que adorna el pastel que celebra la vida y le beso en la frente.

Una emoción nueva me recorre el alma. Beso sus lágrimas y deseo que este momento se quede anclado para siempre. Por unos instantes, se desvanece el abismo que nos separa. Sus manos temblorosas asen las mías, temerosas de romper el hechizo. Le ofrezco el beso, y los labios se abren como rosas deshojándose en la proximidad de los cuerpos.

El pianista sigue el concierto, ajeno a nuestro maravilloso y breve encuentro con el deseo. Leo los sueños de Marcial y me  estremezco al sentir la verdad. Me sorprende este sentimiento tan alejado de la debilidad y la compasión. Mientras, los dedos escriben versos en la piel.

 

                                                                                   © Carmen Ferro.   

 


viernes, 16 de septiembre de 2022

LA JUNGLA ANIMADA

 





En medio del río de transeúntes, la niña camina de la mano de su padre. Se destapa las orejas—atrás queda el sonido estridente del gaitero que todos los días repite lo mismo— y vuelve a quejarse de que los abuelos vivan en el centro histórico de esta ciudad universal. Rebosante de visitantes y  peregrinos con mochilas que se excusan, en cualquier idioma, cuando tropiezan con ella.

— ¿No podemos ir por otro sitio?

El padre no responde. Sabe que las quejas de Antía cesan cuando llegan al final de la plaza. Allí, un paje flautista anima a contemplar la figura inmóvil de una princesa, bronceada de purpurina.  Le fascina ver como se ilumina la corona, cuando alguien echa unas monedas en el sombrero del suelo. Su majestad inclina suavemente la cabeza, le guiña un ojo y se  queda de piedra.

Continúan hacia la calle de las platerías, donde una mujer canta boleros con un señor que toca el acordeón. Según Antía, bastante mal.

En la callejuela donde viven los abuelos, un manantial de notas musicales  fluye entre las casas de piedra. Bajo los soportales, Sara toca la lira. Los paseantes se detienen para escuchar su prodigiosa voz en un poético canto medieval.

Aplauden cuando termina y la niña, entusiasmada, deja claro a los presentes que la artista su tía.

—Papá, ¿por qué no se callan los otros para escuchar solo a Sara? Es la que mejor canta.

—Para saber que Sara es la mejor hay que escuchar a todos, rapaciña.    

                                                                                        

 Inspirado en la cita:

            "El bosque sería muy triste si solo cantaran los pájaros que mejor lo hacen".

                                                                                         Rabindranath Tagore


                    © Carmen Ferro.   


               

sábado, 12 de marzo de 2022

EL BOTÓN DEL PÁNICO

 

 


 


 

El ruido fue estrepitoso.  De pronto, en el sótano, se levantó una polvareda inmensa,  las alarmas sobresaltaron a la comunidad y los inquilinos corrieron despavoridos por la escalera de incendios.

Desconcertado, el conserje pulsó el botón del pánico, apenas  un poco antes de que  los teléfonos comenzaran a sonar histéricos. Enseguida llegaron los servicios de emergencias, y los curiosos se agruparon entre los periodistas,  ante el fatídico número de la famosa calle madrileña.

 El olor de la sangre fresca se mezcló con la polvareda que inundaba el edifico. Los más avispados corrían escaleras arriba jadeando, para llegar cuanto antes a la planta noble, sin esperar a saber con claridad lo que había pasado.  Solo unos pocos valientes bajaron al sótano, cuando ya sabían que allí encontrarían el cadáver, aún caliente, de su jefe.

Nadie comprendía el motivo por el que   se había desplomado el ascensor de repente,  justo cuando  estaban llegando a la planta principal.

—Sin duda, esta casa está maldita. Últimamente, pulsar un simple botón se ha convertido en un riesgo.  Soy el conserje y sé que mi obligación es avisar a mantenimiento para que reparen los desperfectos. Pero este no pude verlo.   Alguien manipuló el  elevador,  estoy seguro. Un experto en desgastes que sabía que el acero cedería sin dificultad con semejante peso. Que este edificio tiene corrosión desde los cimientos, lo saben todos.  Solo soy un empleado, y esas cuestiones no son de mi competencia…  Pobre hombre... No se merecía acabar así, da lástima verle. Morir  de manera tan abyecta tiene que ser horrible.

 

 

                                                    © Carmen Ferro.   

 

 

 

 

 

 


sábado, 12 de febrero de 2022

LA JOYITA DE LA SEÑORA

 

 


 


 

  

 Nadie dudaría de Manuela, una mujer honesta que solo va a ese lugar a trabajar duramente, sin horario definido. Su labor es tener las habitaciones siempre dispuestas, impecables para los siguientes huéspedes, temporales, como su contrato. A cambio de un salario raquítico, le exigen ser discreta y eficiente. Todo debe relucir como recién estrenado, a cualquier hora del día o de la noche, para los clientes de La casa de Lola. Y ella siempre cumple, servicial e invisible.

Su abuela le enseñó desde pequeña que “si en la vida bien quieres estar, debes saber oír, ver y callar”. Y esa enseñanza la lleva por bandera. Por eso jamás cuenta que por La casa, van y vienen señores y señoras muy respetables (y no), que entran y salen sigilosos como zorros, dejándolo todo manga por hombro.

Después, la pobre Manuela se esmera al recoger los restos de la fiesta.  Y limpia hasta que el yacusi reluce como nuevo para los próximos que están por llegar.

En ocasiones, algunos despistados dejan atrás algo de valor y ella siempre lo entrega en recepción, como dicen las normas, a pesar de saber que pocos regresan a reclamar que es lo suyo.  

La primera, y única vez, que Manuela se atrevió a romperlas, fue hace dos semanas.  Alguien olvidó  entre las sábanas una bonita pulsera y ella se la quedó. No dijo nada a nadie, se la llevó a casa y la guardó entre sus baratijas. Es preciosa, perfecta para la boda de mi niño, pensó.

Sabía que era una joya verdadera, por el peso. De reluciente oro blanco  con diminutos brillantes incrustados y el cierre roto, un simple detalle sin importancia. Ni en sueños se hubiese imaginado que la insensata señora descuidaría semejante alhaja en aquella cama de paso.

«Ay, Manuela, Manuela piensa bien en la que vas a meterte, hija mía, te vas a buscar la ruina», parecía estar escuchando a su abuela en la conciencia.

 «Ni muerta me dejas tranquila, abuela. Solo la pondré ese día. Voy a ser la madrina de la boda y es una ocasión importante. Solo esa vez, te lo prometo. Después  le diré a Ramón que la venda, que el dinero nos hace buena falta».

Y el día llegó, radiante de sol. Como Manuela llevando a su hijo del brazo al altar, luciendo palmito. Ramón, el padre del novio, se las apañó como pudo para poner la joya en la amplia redondez de la muñeca de su mujer. Enlazó con destreza una cadenita a los dos extremos del adorno y la sujetó con doble nudo, después de colgar en ella al famoso osito de moda.

—Este que no falte, que es de plata de la buena—le dijo ella.

Y se hicieron muchas fotos que, ¡ay!, compartió en las redes sociales: #Postureofino#boda#Iván, tan segura ella de que nadie sospecharía que en su muñeca de choni de barrio lucía una joya real.

Pero, ¡ay, Manuela!, que los Señores dueños de la joyita llevaban días siguiendo tu rastro virtual. 

— Mira esto, Cris. ¿Qué te había dicho? Si es que esta gente al final siempre cae. Les puede el ego exhibicionista.

— ¡Oh, qué cara tiene! No me extraña, cari.  Así es la plebe.

—Tampoco lo tuyo ha sido muy inteligente, cuqui. Solo a ti se te ocurre ponerte esa pulsera para ir a ese antro.

—No, Nacho. No voy a permitir que me hagas sentir culpable. A ver, tú, que eres tan espabilado, ¿no pudiste advertirme de que tuviese cuidado con esos detalles?

—Ni me había fijado, Cristina. Te imaginaba más lista, la verdad… 

—Ahora a ver cómo decimos que la pulsera que lleva la señora de la foto es mía. ¡Ay, señor qué estrés!

—Un regalo que me costó una fortuna, querida. Sabías que es una pieza única, deberías cuidarla más.

— Lo siento en el alma, amor... ¿Y si le mandamos un recadito para que recapacite?… Esa gentuza enseguida achanta, por cuatro duros nos la devuelve, estoy segura.

— Ella sabe que no vamos a decir nada, Cris. Estábamos dónde nunca deberíamos estar...

—La idea fue tuya, cari. Querías emociones fuertes, mezclarnos en el anonimato… Y ahora… ¡Qué vergüenza! Un lío más en esta familia. No quiero ni imaginarme si el taxista se entera de que era yo la morenaza que llevaba los jueves por la tarde a La casa de Lola.

—Necesitamos romper la monotonía, cariño. Decías eso, ¿lo recuerdas?  

—Sí. Pero nos hemos metido en un buen lío por ese vicio tuyo.

—Y tuyo, Cris… Que al final también le has cogido el gustillo… ¡Pero a quién se le ocurre ir enjoyada a esos sitios!

—Un despiste lo tiene cualquiera.

—Pero es que tú no eres cualquiera, cuqui. No puedes permitirte estos fallos.

—Lo sé, qué le voy a hacer... toda la vida han ido detrás recogiendo mis cosas.

—Pues mira las consecuencias… Ahora tu despiste lo luce una puñetera camarera de habitaciones.

— ¡Encima se ríe en nuestra cara!

— ¿Crees que aún nos queda algún escolta leal?

— ¡Pues claro! Si ya están todos curados de espanto… Eso sí, diles que la perdí esquiando. Y, por favor, que intenten no montar otro escándalo con la prensa. Dales el dinero que pidan, ya arreglaremos las cuentas cuando volvamos a Suiza.

 


                                                                                                                       © Carmen Ferro.   

miércoles, 19 de enero de 2022

EL GLOBO TERRÁQUEO



 

— ¡Oh, querida! ¡No pasan los años por vos! ¡Estás divina!

Su voz es inconfundible. La mujer exuberante, alta y rubia, que se acerca a saludarme en la terminal del aeropuerto, es mi amiga de la infancia.  La reconozco enseguida, a pesar del tiempo sin vernos y sus retoques estéticos.

— ¡Qué linda estás, Susanita! ¡Qué alegría encontrarte!

— Llamame Susy, querida… Ya no somos aquellas niñas del barrio… Ahora yo soy influencer…Y vos… ¿Sabés? Te vi en los diarios. ¡Embajadora de Naciones Unidas! ¡Siempre tan idealista, Mafalda!… Y esa chica, Greta, simple imitadora… Leyó demasiadas tiras de Quino, ¿no es cierto?

— Bienvenida sea.

— ¡Qué cosas tiene la vida! Justo ahora nos encontramos con Felipe en el avión.  Al fin logró su sueño de volar. Es piloto… Disculpá. Te presento a mi esposo, Carlos Luis. Tenemos dos chicos. ¿Vos, tenés hijos?

—Un gusto, Carlos… Adopté una niña.

— ¿Te puedes creer que un día me encontré a Manolito viajando en primera clase? ¡Quién lo diría! Está podrido de plata, ya no repara en gastos. Tiene una cadena de supermercados, muy conocida en España… Se llama… No recuerdo ahora… ¡Soy puro desastre!…  Y vos, ¿dónde vivís?

— En Sudáfrica.

— ¡¿De veras?! ¡Trabaja Miguelito allá! Es ingeniero de minas. ¡Si lo viese su mamá, todo sucio de tierra!

— ¡Lo sacudiría!

— Y Libertad, ¿sabés algo de ella?

— Sobreviviendo... Cada día lo tiene más complicado.

— ¿Tus viejitos? ¿Y Guille?

— Guille es tour operador. Se la pasan viajando juntos.

—Oh, Mafalda, ¡el mundo es un pañuelo! ¡Abrazame, amiga!


                                                                  © Carmen Ferro.   

martes, 9 de noviembre de 2021

SUFRIDORAS

 



Este breve relato trata de ser un sencillo homenaje a esas mujeres cuya mala fama se basa en simples leyendas urbanas. 





Qué fácil es culparnos de vuestro fracaso. Reconozcámoslo: al principio, todas sois maravillosas.

No mentía, cuando contaba que estaba encantada contigo. Una chica adorable. Un valor añadido a la familia. Mi hijo no podría haber tenido mejor suerte.

Todo se torció el día que compré aquella alfombra tan bonita, ¿la recuerdas? Tú la rechazaste y él se calló porque es un chico educado. Pero sufrió, lo sé.

No se atrevió a contrariarte, prefirió sacrificar el orgullo de su madre. Yo acepté el agravio. Una hace cualquier cosa por no causarle problemas a un hijo, y menos  con su esposa.

 Que tu vida sea un infierno te lo has ganado a pulso. No me culpes.

Nos has decepcionado. Eres una desagradecida. Una advenediza que  no has sabido valorar lo bien que te hemos acogido en esta familia. No eras nadie, hasta que lograste cazar un buen partido.

 No sé qué había visto mi hijo en ti. Un chico tan culto, tan buen mozo. Y tú… no hay más que verte.

No me extraña que te engañara con la primera que pasó por delante, en cuanto se le curó la ceguera. Lo habías hechizado, estoy convencida.

Menos mal que ha despertado a tiempo y no mezcló nuestra sangre con la tuya. Lo atarías de por vida.

Ahora está feliz. Esa chica es una maravilla. Casi perfecta.

Acabo de ver una colcha preciosa. Quedará genial con las cortinas que les compré el otro día.

         ¡Tiene tan mal gusto para decorar la casa!

                    

                                                                                                  © Carmen Ferro.       



viernes, 8 de octubre de 2021

ALIUS MUNDI

 




         Mis recuerdos de aquella noche son demasiado confusos, lo reconozco. Y nada me inquieta más que la confusión. Aun así, no todo se ha diluido en la niebla de mi memoria.        

Recuerdo, con nitidez, tu desgarbada figura destacando entre toda la  gente de la disco. Me mirabas desde la barra, con la condescendencia del que sabe que tiene a tiro a su presa. Después, te  acercaste a la pista con la copa en la mano. Aún puedo ver los destellos de luz, reflejados en el resplandeciente blanco de tus dientes, iluminándote al ritmo de la estrepitosa música tecno.

— Hola, ¿estás sola?—escuché tu pregunta tonta entre el bullicio.

Te sonreí estúpidamente, y sostuve tu mirada un breve instante. Los segundos que tardaste en deslizar, con descaro, los ojos en el escote de mi blusa.

 Era sábado noche.  Música y seducción en una coctelera de luz, alcohol y diversión. Mi torpeza fue responderte:

— ¿Sola en este aquelarre infernal? ¡Qué tontería, chaval!  

Quizás no me oíste. Te uniste al grupo bailando con un brazo en alto y  me ofreciste un trago del líquido azulado. Nunca supe que era aquello que estaba tan bueno.

De pronto, me sobresaltó un mordisco inesperado en el cuello. ¿Qué había pasado? Eso aún no me lo has contado. Estabas muy cerca pero no me habías tocado, de eso estoy segura. Bailabas saltando como un simio a mi lado, cantando el estribillo de la canción de moda.

No sé qué vi en ti. Pero bailé contigo, atrapada en tu órbita, moviéndome al ritmo de tus monerías. Me invitaste a una copa y te dije que sí.

Hablabas con el barman, cuando me fijé en el brillante solar de tu cráneo. Un cartel de neón iluminado al ritmo trepidante de la música. Ni un pelo de tonto, parecías anunciar. Ahora sé que debí leer bien la señal.

Después de acercarte al disc-jockey,  comenzó a sonar la música lenta.  Nada original tu propuesta:

— ¿Bailamos, nena?

Sin duda, ya estaba aturdida. ¿Me llamaste nena y te seguí la fiesta? Nunca he soportado que me llamen nena, pero bebí la copa sin darte una queja. Me dejé llevar por la atracción irresistible de tu aroma singular, pegué mi cuerpo al tuyo y abracé tu cuello. Imagine,  cantaba John Lennon. Y al son de ese himno, soñé otro mundo posible contigo desde el primer beso. Sin sospechar de tu poder hipnótico, me perdí en el dulce túnel de tu boca.

 Al terminar la canción, me marché contigo sin despedirme de los amigos. Había enloquecido.

Tu Cadillac, tan llamativo y deslumbrante como la ropa de piel sintética que te vestía.  Ya me había enamorado, lo sé. De no estar tan ciega me percataría de que tus ojos eran amarillos. Ni azules ni verdes, como yo los ví.

Un descampado bajo la luna. El frío de enero. Mi piel y la tuya, sobre el cuero helado de la tapicería. Ardía el fuego. Por eso, no percibí bien las escamas de tu cuerpo, recostado en el asiento bajo mi peso, cuando mis caricias te convertían en un lagarto inmenso.

Entonces, era una ingenua. Tenía la mala costumbre de besar con los ojos cerrados, y eso es arriesgado. Cuando me di cuenta, ya era irremediable. Me habías atrapado con tus maravillas antes del viaje.

Al amanecer, tu coche era una nave rumbo al universo. Demasiado tarde para arrepentirme.  Desde el espacio, mi mundo se alejaba en un punto azulado.

En pleno vuelo cambiaste de apariencia. Mi precioso lagarto se transformó en rana, brillante gelatina verdosa con ojos de arcoíris saltones.

 Nada me resultaba extraño. Me sentía cómoda y feliz en aquel colosal escenario. Ahora, lo tengo claro: me habías drogado con la bebida. Deberías reconocerlo. 

De pronto, todo giraba a gran velocidad. La espiral me arrastró hacia ti, me perdí en tus arcoíris y me dejé absorber por tu gelatina. Me agité contigo. Y cuando amainó, yo era una rosquilla suave y esponjosa, rellena de tu materia viscosa.

— ¿A dónde me llevas?— te pregunté tranquila—Siempre soñé con escapar del mundo, pero no así.

Mi batracio no respondió. Seguiste expandiéndote sin control. En tu cuerpo gelatinoso crecían espirales con brillo de diamante. Tus ojos se multiplicaban, formando ventosas esculpidas en aquellas antenas hipnóticas.

Ni un escalofrío, ni un leve  temor, ni un grito ahogado. Nada me distrajo de la alucinación. Eras fascinante. No podía dejar de mirarte.

Un ser de otro mundo, me había conquistado. Subyugaste mi voluntad humana desde la primera mirada. Aquella danza conmigo era un ritual que no supe detectar a tiempo.

Nadie lo sospecha. Los pincha discos, con su matraca de melodías infernales; los barman con sus cócteles… No solo nos revientan los tímpanos y el hígado. Son vuestros aliados en la estrategia para someter a la humanidad con sutileza.  Cómplices  al servicio de invasores, camuflados bajo el aspecto agradable de un ser atractivo.

 Las discotecas son vuestro territorio de caza. Esas luces que giran y nos aturden, esas canciones de estribillos sin sentido, repetidos una y otra vez, son el conjuro que nos confunde. La ceremonia que nos conduce a la nave del deseo de irnos lejos.

Os acompañamos encandilados a vuestro fantástico universo, y nos convertimos en dóciles rosquillas satisfechas.

        Ahora, en este planeta insospechado, desde el mirador de mi órbita, lo veo con nitidez:

                     Otro mundo es posible si lo invento contigo.

 



                                                                                           © Carmen Ferro.       



                                    


LAS ENTRAÑAS DEL FARO

                 El día en el que mi abuelo Julio cumplió setenta y cinco años, mi madre dijo que a su padre se le estaba yendo la cabeza. Y...