Entradas

EL BOTÓN DEL PÁNICO

Imagen
        El ruido fue estrepitoso.  De pronto, en el sótano, se levantó una polvareda inmensa,  las alarmas sobresaltaron a la comunidad y los inquilinos corrieron despavoridos por la escalera de incendios. Desconcertado, el conserje pulsó el botón del pánico, apenas  un poco antes de que  los teléfonos comenzaran a sonar histéricos. Enseguida llegaron los servicios de emergencias, y los curiosos se agruparon entre los periodistas,  ante el fatídico número de la famosa calle madrileña.  El olor de la sangre fresca se mezcló con la polvareda que inundaba el edifico. Los más avispados corrían escaleras arriba jadeando, para llegar cuanto antes a la planta noble, sin esperar a saber con claridad lo que había pasado.  Solo unos pocos valientes bajaron al sótano, cuando ya sabían que allí encontrarían el cadáver, aún caliente, de su jefe. Nadie comprendía el motivo por el que   se había desplomado el ascensor de repente,  justo cuando  estaban llegando a la planta principal. —Sin duda, esta

LA JOYITA DE LA SEÑORA

Imagen
             Nadie dudaría de Manuela, una mujer honesta que solo va a ese lugar a trabajar duramente, sin horario definido. Su labor es tener las habitaciones siempre dispuestas, impecables para los siguientes huéspedes, temporales, como su contrato. A cambio de un salario raquítico, le exigen ser discreta y eficiente. Todo debe relucir como recién estrenado, a cualquier hora del día o de la noche, para los clientes de La casa de Lola . Y ella siempre cumple, servicial e invisible. Su abuela le enseñó desde pequeña que “ si en la vida bien quieres estar, debes saber oír, ver y callar” . Y esa enseñanza la lleva por bandera. Por eso jamás cuenta que por La casa, van y vienen señores y señoras muy respetables (y no), que entran y salen sigilosos como zorros, dejándolo todo manga por hombro. Después, la pobre Manuela se esmera al recoger los restos de la fiesta.  Y limpia hasta que el yacusi reluce como nuevo para los próximos que están por llegar. En ocasiones, algunos despi

EL GLOBO TERRÁQUEO

Imagen
  — ¡Oh, querida! ¡No pasan los años por vos! ¡Estás divina! Su voz es inconfundible. La mujer exuberante, alta y rubia, que se acerca a saludarme en la terminal del aeropuerto, es mi amiga de la infancia.  La reconozco enseguida, a pesar del tiempo sin vernos y sus retoques estéticos. — ¡Qué linda estás, Susanita! ¡Qué alegría encontrarte! — Llamame Susy, querida… Ya no somos aquellas niñas del barrio… Ahora yo soy influencer …Y vos… ¿Sabés? Te vi en los diarios. ¡Embajadora de Naciones Unidas! ¡Siempre tan idealista, Mafalda!… Y esa chica, Greta, simple imitadora… Leyó demasiadas tiras de Quino, ¿no es cierto? — Bienvenida sea. — ¡Qué cosas tiene la vida! Justo ahora nos encontramos con Felipe en el avión.  Al fin logró su sueño de volar. Es piloto… Disculpá. Te presento a mi esposo, Carlos Luis. Tenemos dos chicos. ¿Vos, tenés hijos? —Un gusto, Carlos… Adopté una niña. — ¿Te puedes creer que un día me encontré a Manolito viajando en primera clase? ¡Quién lo diría! Está podrido de

SUFRIDORAS

Imagen
  Este breve relato trata de ser un sencillo homenaje a esas mujeres cuya mala fama se basa en simples leyendas urbanas.  Qué fácil es culparnos de vuestro fracaso. Reconozcámoslo: al principio, todas sois maravillosas. No mentía, cuando contaba que estaba encantada contigo. Una chica adorable. Un valor añadido a la familia. Mi hijo no podría haber tenido mejor suerte. Todo se torció el día que compré aquella alfombra tan bonita, ¿la recuerdas? Tú la rechazaste y él se calló porque es un chico educado. Pero sufrió, lo sé. No se atrevió a contrariarte, prefirió sacrificar el orgullo de su madre. Yo acepté el agravio. Una hace cualquier cosa por no causarle problemas a un hijo, y menos   con su esposa.   Que tu vida sea un infierno te lo has ganado a pulso. No me culpes. Nos has decepcionado. Eres una desagradecida. Una advenediza que   no has sabido valorar lo bien que te hemos acogido en esta familia. No eras nadie, hasta que lograste cazar un buen partido.   No sé qué habí

ALIUS MUNDI

Imagen
                 Nada me inquieta más que la confusión, y mis recuerdos de aquella noche son demasiado confusos, lo reconozco. Pero no todos :           Recuerdo con nitidez tu desgarbada figura destacando entre toda la gente de la pista; me mirabas desde la barra con la condescendencia del que sabe que tiene a tiro su ave de presa. Te acercaste con una copa en la mano. Los destellos de luz se reflejaban en el resplandeciente blanco de tus dientes, iluminando tu sonrisa al ritmo de la estrepitosa música tecno. — Hola, ¿estás sola?—escuché tu pregunta tonta bailando entre el bullicio. Te sonreí estúpidamente. Sostuve tu mirada en la mía un breve instante, antes de sentir como deslizabas, con descaro, los ojos entre en mi escote y la blusa de satén.  Era sábado noche: música y seducción en una coctelera de luz, alcohol y diversión. Mi torpeza fue responderte: — ¿Sola en este aquelarre infernal? Eres un poco absurdo, ¿no te parece? Quizás no me oíste. Seguiste danzando con un brazo en alt

MEMORIAS DE ÁFRICA

Imagen
  Comienza la nueva temporada del Tintero de Oro con un reto de cine: un microrrelato con título de película.  África, un mundo donde habitan muchos mundos distintos, me parece el escenario ideal para un cuento de película.  Aunque nada tenga que ver con una de las mejores de la historia del cine. Una de mis favoritas: por la música, la fotografía y su ambiente de luces y sombras. Memorias de África:   película estadounidense de 1985, dirigida por Sydney Pollack  y protagonizada por Meryl Streep  y Robert Redford.  Está basada en el libro autobiográfico Memorias de África,   de la escritora Karen Blixen. Un éxito de taquilla que ganó siete premios Óscar.   Las memorias contadas en este microrrelato, solo tienen en común con esa exitosa historia, el continente africano. Argelia, un paraíso cercano en la orilla mediterránea.   Allí pasó una vez: El atardecer en Orán tiene un color especial. La bahía se iluminaba de sol en retirada cuando pisé África por primera vez.  Dos días después me

AQUEL VERANO AZUL

Imagen
                              I magen  ©  Mar que mira al Norte      La mesa cerca de la ventana que mira al mar. Pongo el mantel, tú los platos y dos vasos. Traes la sal y los cubiertos, yo las servilletas. Bebo agua, tú vino de una ribera lejana.  La poesía lo inunda todo. El mundo de mis cuatro paredes se desvanece en tu presencia.        Solo existimos los dos, y las manzanas del postre nos esperan inútilmente.  Somos voz. Somos piel. Energía en las miradas. Calidez en las sonrisas. Contadores de historias pasadas. Bocas, deseo y lenguas entrelazadas que aún no han olvidado el arte del besar.  Sueños tangibles convertidos en carne mortal. Pasados, imposibles en tiempo presente, ocupan nuestro espacio. Nos rodean. Nos abrazan. Nos transportan. Nos absorben en su burbuja etérea.      Flotamos en soledad.  No me despiertes aún. Sigue mirándome a los ojos. Todos mis sentidos navegan en tu mar. El aroma de mi taza me transporta. Me eleva como una pluma y me deja caer en la amplitud de

TRUENOS Y RAYOS

Imagen
  Los odiaba. Odiaba ser la mayor de aquella cuadrilla de hermanos y primos. Eran insoportables cuando tenía que quedar a cargo de ellos.      —Ya sabéis niños, hacerle caso a Adela en todo lo que os diga. Sí, sí… Qué bien suena la frasecita ¿verdad?   Y se iban tan tranquilos mientras yo sufriría hasta su regreso. A los doce años ya era una niña responsable. Toda una mujercita, decían mis padres, y confiaban en mí. Pero confiar en mi aparente paciencia tan a menudo fue   un fallo garrafal. Con los niños la perdía pronto,   y más en esa etapa de la vida.   A veces me poseía una fuerza tan incontrolable como aquellos energúmenos enanos. Eran cuatro: mi hermana Clara de siete años, y tres primos; para colmo dos gemelos de cinco, Carlitos y Alex, y Arturo que tenía nueve y era un bicho de mucho cuidado.   Someterlos me costaba sangre y sudor. Y a ellos lágrimas. Los gemelos mordían como hienas y mi hermana les imitaba tan bien, que casi me arranca un dedo en una de sus rabieta

TIEMPOS ROBADOS

Imagen
  Enternece verles caminar a la par. Despacio. Agarrados de la mano, con sus dedos retorcidos entrelazados y el paso renqueante apoyado en el bastón del hombre más alto. Llegaron el mes pasado. Comparten habitación y disfrutan juntos de las pequeñeces de cada día. Cosas tan simples, como repartirse la última rosquilla de la merienda y comer la misma comida sosa, les dan la vida. Y siempre cuidándose el uno al otro, con atención: —Cariño, ¿te has tomado la pastilla de las seis? Aquí nadie conoce su pasado. La mayoría   piensan que han coincidido en la residencia y   han hecho buenas migas desde el primer día. «Son tal para cual. Dos viejos chochos, que viven en su propio mundo de fantasía senil». Un apego que incomoda a los que no soportan la naturalidad con la que muestran su afecto ante todos. Algunos sospechan que ya se conocían. Y si alguien se atreve a preguntarles, responden siempre lo mismo: —Somos compañeros de viaje.   Entonces regresan a un tiempo que hoy ven

BALDÍOS

Imagen
  Habito un entresijo de barro cálido y poroso  maravillosa  cueva bajo el río de lava.   Habito un oasis propio ventanal abierto horizonte de mar azul mirando  al norte.   Habito un  hueco sin tejado poblado de  estrellas dormidas al raso en el lento sueño de soñar despierto. Habito la viga resistente encaramada al frío lomo del silencio  contemplando el universo.   Habito tu existencia y la mía a la  intemperie esperando pacientes la tormenta de versos.   Habito Habitas Habitamos Sobrevivimos en este baldío inmenso.                                                                                © Carmen Ferro. https://www.safecreative.org/work/2106208138786-baldios  

INOCENTES

Imagen
       Un día pasó: —¡Niñas, por favor!, que se desmaye una compañera tampoco es para armar tanto jaleo. A ver, Celia, habrás desayunado, ¿no?... ¡Tú, avisa a la enfermera!    Y vosotras: ¡bajaros de ahí, parecéis tontas!      El ratoncito estaba más asustado que aquellas histéricas subidas en el asiento de los pupitres.   Olivia podía verlo escondido detrás de la papelera. Era la única de la clase que sentía compasión del inocente roedor, aunque ella gritara tanto como las demás.      Cuando abrieron la puerta, el pobrecito salió disparado hacia el pasillo. ¿Qué sería de él?      Nadie es perfecto, ni tan siquiera Celia. La más lista de clase, la más guapa, la egoísta niña rica que jamás ayudaba a nadie a resolver un problema, además presumía de una extraña dolencia. —¡Ay, niñas!, resulta que padezco musofobia, los médicos dicen que es una enfermedad rarísima. ¡Es terrible, os lo aseguro!      Engatusó a todas con aquella palabreja, pero ninguna se atrevió a preguntarle na