Entradas

INOCENTES

Imagen
       Un día pasó: —¡Niñas, por favor!, que se desmaye una compañera tampoco es para armar tanto jaleo. A ver, Celia, habrás desayunado, ¿no?... ¡Tú, avisa a la enfermera!    Y vosotras: ¡bajaros de ahí, parecéis tontas!      El ratoncito estaba más asustado que aquellas histéricas subidas en el asiento de los pupitres.   Olivia podía verlo escondido detrás de la papelera. Era la única de la clase que sentía compasión del inocente roedor, aunque ella gritara tanto como las demás.      Cuando abrieron la puerta, el pobrecito salió disparado hacia el pasillo. ¿Qué sería de él?      Nadie es perfecto, ni tan siquiera Celia. La más lista de clase, la más guapa, la egoísta niña rica que jamás ayudaba a nadie a resolver un problema, además presumía de una extraña dolencia. —¡Ay, niñas!, resulta que padezco musofobia, los médicos dicen que es una enfermedad rarísima. ¡Es terrible, os lo aseguro!      Engatusó a todas con aquella palabreja, pero ninguna se atrevió a preguntarle na

ALEGATO EXCULPATORIO

Imagen
       La imputación era grave. La frase retumbaba insistente en mi cabeza: «Intento de asesinato por ahogamiento». La voz del fiscal sonó severa. Ellas decían buscar justicia, yo sabía que era una venganza torticera. En la sala de vistas solo el jurado y las partes podían escucharme. Sin testigos. La acusación pedía el castigo, me defendería con el buen uso de la palabra.             Y hablé:           —Ha sido en defensa propia, Señoría. Esa noche ellas habían bebido demasiado y lo que cuentan es pura fantasía, como siempre. Cierto es que estuvimos bailando hasta la madrugada, y confieso que las tenté en varias ocasiones. Sin éxito. Por mucho que haya insistido, no conseguí despojarlas de sus corazas.     Sentía que me miraban con desdén desde su altivez de diosas necesarias. Aun así, no me dejé intimidar y seguí explicando al jurado mi alegato:           —Se resistieron, es verdad, pero no usé la violencia. Jamás lo haría, las quiero demasiado, las necesito. Sin ellas

EN SU NOMBRE

Imagen
                                                                             Imagen  © Carmen Ferro    Golpeó con los nudillos antes de entrar:                          — ¿Se puede?... Con su permiso.  Mis alumnos saben, que si tengo la puerta del despacho entreabierta, el paso está concedido.  Ella esperó mi respuesta, l e contesté sin levantar la vista de la hoja donde escribía mi última ocurrencia:     —Pase y siéntese, si es tan amable. Enseguida termino con esto.     —Buenas tardes. No se preocupe, Señora Ferro, me sobra el tiempo. Alcé la cabeza para verla, su voz me resultó familiar pero su rostro no me aclaró mucho, la verdad. Se sentó en la silla que hay enfrente de mi mesa, aun así la veía borrosa. Culpé a mi presbicia y terminé de escribir el último párrafo del cuento.  Entonces la miré otra vez con  atención ,   y me levanté a descorrer las cortinas. La luz natural me ayuda a ver mejor.     — ¿En qué puedo ayudarle? Disculpe que no recuerde su nombre… Dema

LETARGO

Imagen
                                                                                                             Imagen   © Carmen Ferro          Salgo de casa temprano y me pierdo en la soledad de la niebla que envuelve las calles. El aire es tan húmedo y viscoso que podría masticarlo. Hoy me vestí de gris y llevo un reloj de plomo en bolsillo. Cosas de viejo.   Las farolas apenas alumbran las aceras que me llevan al café Bolivia. Los diarios solo hablan de las malas noticias. ¡Qué oficio tan triste el del periodista que no cuenta cosas buenas!           Regreso, con las mismas ganas que lleva el convicto a la soga. La lluvia ya no cesa, repica con furia en las baldosas de piedra y el mediodía se anuncia, con doce campanadas que invitan a rezar el Ángelus a un pueblo vacío hasta de pájaros.    Solo la torre del campanario está satisfecha; le complace ver su altiva figura reflejada en los charcos del suelo, compara su nido sin cigüeñas con un elegante sombrero, y se ve hermosa

VACÍOS

Imagen
                  Mi casa ideal : un piso moderno, amplio, lleno de luz, bien decorado y una bonita terraza con vistas a la montaña. El vendedor puso en valor cualquier detalle: los muebles de diseño, dos pinturas originales…  ¡La chimenea de leña!  Lo único que sobraban eran las cortinas, telones inútiles de un paisaje espectacular.  Todo lo demás me encantaba.           La primera noche dormí en el sofá, delante de la enorme pantalla del televisor ultramoderno. Me despertó el sol radiante de un día despejado  y frío en la primera semana de febrero.                Comenzaban los tiempos felices en mi nuevo hogar.           La n oche ochenta y siete: la recuerdo como si fuese ayer. Soñaba con Candela, el suave roce del tejido de su blusa dejó de ser agradable. Desperté bruscamente. Las cortinas agitaban su furia contra mi cara, me levanté asustado y el vendaval que atravesaba los cristales cesó de repente. Una pesadilla, pensé. Y volví a la cama, pero ya no pude dormir

MONTE LIBREDÓN

Imagen
                      Aquella noche Paio contempla extasiado la belleza del firmamento. Su sacrificada vida de eremita se sentía recompensada con esos momentos especiales, en conexión con lo divino.      Vive apartado del mundo, en la humedad de un bosque de Galicia, donde no le falta lo esencial para sobrevivir. Abunda el agua y las cuevas de rocas para resguardarse. Pesca y caza con trampas, sabe distinguir cientos de plantas comestibles y medicinales. Insectos, semillas, frutos y hongos diversos, a su disposición durante todo el año.           Reposa de la frugal cena, en oración contemplativa,  cuando de pronto las estrellas comienzan a moverse en círculo.             Sin duda, aquello era una señal divina.      Las luces se arremolinan sobre un mismo punto del monte Libredón, mientras voces extrañas le anuncian que allí está enterrado el apóstol decapitado, que ocho siglos antes  había traído el evangelio a Finis terrae .     Sabe que debería partir de inmediato a dar

KAFKIANO

Imagen
  Imagen  © Carmen Ferro                                   ¿Tanto bebí ayer?  Sinceramente, no lo sé. Tengo el vago recuerdo de un tropezón en la alfombra que me estampó contra la pared.  Un desmayo instantáneo del que me recupero despacio, con el cuerpo entumecido, rígido como un palo, aterido de frío.            ¡Menudo  tortazo! El dolor de cabeza es insoportable.               Cómo pude meterme aquí es un misterio, pero lo cierto es que estoy atrapado en este cilindro, tan estrecho que ni puedo mover un brazo.          ¡ Y el maldito teléfono no para de sonar! Me desespero por salir de este trasto,  intento desatascarme y no lo consigo... No sé las horas que llevo así.                ¡Por fin! Suena el timbre. El vecino, con el que desayuno en el bar todos los días, me está llamando: — ¡Abelino, ¿estás bien?! ¡Coge el teléfono, hombre!  — ¡Estoy aquí!—  respondo,  pero con esta afonía no puede oírme. El frío me destrozó la garganta.           Al menos pudiese mo

INSTRUCCIONES PARA PASEAR CON UNA PODENCA

Imagen
                                                                                                                                                                                                                                                       Imagen  © Carmen Ferro   Lo primero a tener en cuenta es que la perra nació para ser cazadora, como sus antepasados,  y salir a pasear con ella es un ejercicio de resistencia, por lo que  debe prepararse adecuadamente la salida a la calle. Es fundamental elegir bien el vestuario, ante todo deberá ser cómodo.  Buscar en el armario un pantalón a prueba de huellas perrunas y vestirlo. Combinarlo con una camiseta de algodón apta para el sudor. Las demás prendas se decidirán en función del clima, del día, la hora y el lugar; sin olvidarse nunca de que a la podenca esas variables también le afectan. Indispensable llevar calzado cómodo y resistente, a poder ser deportivo, y que sujete bien el pie (con frecuencia se termina corriendo). Con la in

EL VASO MEDIO LLENO

Imagen
                       Esta vez toca divertirse.                              —  ¡Explícame esto!  Empecé a sacar cosas extrañas de una mochila deportiva. Las orejas de Raúl enrojecieron al instante, parpadeaba rápido. Cuando está nervioso no puede evitarlo. Una peluca roja, guantes largos, medias negras de rejilla, unas botas rojas hasta la rodilla, el corsé de cuero negro a juego con la minifalda estrecha.  Una caja de condones, otra caja más ¡de sabor fresa!  Una cuerda, esposas, una máscara veneciana, otra de Batman… En fin, todo el carnaval estaba guardado allí dentro. —La encontré esta mañana en el garaje, en el armario donde guardas las cosas de ciclismo. Un kit completo, ¿para subir al Tourmalet? —Te cuento, cariño, no es lo que estás pensando—. Un balbuceo casi inaudible. —No me irás a contar  que esto es para atracar bancos... —No es mía, la mochila… digo… ni lo que hay dentro. —     ¿Ah, no? Resulta que esto es de tu hermana Charo. — No, no es de Charo… —