Lo
de Alix y Nico fue un amor a primera vista. De nada servía la oposición de sus
familias para evitar su relación.
—Abuela,
por favor. Deja de presentarme pretendientes… Sabes que no me gusta ninguno, por
muy ricos que sean. Y menos que intentes casarme con el primo Alberto, aunque encaje en tus planes.
—Sentido
común, Alix… Vuestra sangre está muy entrelazada y ya sabes lo que eso
significa. Además, su padre tampoco quiere vuestro matrimonio, te lo advierto.
—Pues
por muy reina Victoria que seas, yo quiero a Nico y me casaré con él. Con o sin
tu permiso. Es heredero de un imperio y guapo a rabiar. ¿Qué más puedo pedir? ¡Sus padres son mis padrinos! No os entiendo, abuela.
En
otro palacio, lejos de Inglaterra, el joven Nicolás tenía la misma lucha con
sus padres.
—No insistas, hijo. Vas a heredar un imperio
que necesitará un heredero sano que continúe con la dinastía Románov. Mezclar nuestra
sangre con la de esa duquesita alemana no es lo más recomendable, lo sabes.
—Pues
estoy decidido, padre. O me caso con ella o con ninguna.
Los
tortolitos tuvieron que esperar a que papá Alejandro estuviese en el lecho de muerte
para obtener el visto bueno.
—Gracias,
padre. Ya puedes morir tranquilo.
Y el zar
Alejandro pasó a mejor vida el primer día de un noviembre tan frío como la
muerte.
A
zar muerto, zar puesto.
El zar
Nicolás II le comunicó a su amada que no le quedaba otra que convertirse a la
fe ortodoxa para poder casarse con él. Y así lo hizo ella, al día siguiente de
morir el viejo, cambió de religión y de nombre.
«Ser la Gran Duquesa Alejandra Fiódorovna, no está nada mal», se dijo para sus adentros la nieta de la reina Victoria.
A
la parejita le urgía compartir lecho. El frío en Rusia no se anda con tonterías
y cuanto antes consumasen la pasión mejor les iría. Así que, apenas enterraron
al padre, unieron sus destinos hasta el día de su muerte. No echaron cuentas
del mal augurio de una boda precipitada cuando el ataúd todavía estaba reluciente.
Así les fue.
Tuvieron
que esperar a mayo para ser coronados y no se les ocurrió mejor idea que
repartir comida entre el pueblo hambriento para celebrarlo. Al parecer, poca. Muchos
murieron aplastados intentado conseguir un trozo de pan que llevarse a la boca.
Mal
empezaba la cosa.
Aquella
desgracia no le hizo ninguna gracia al pueblo oprimido
desde hacía demasiado tiempo. Encima, la zarina era una extranjera alemana,
amante del lujo y de las joyas que no hacía nada por caerle bien a nadie. Una
siesa.
Alejandra
y Nicolás se dedicaron a desgastar sábanas con el roce del cariño, hasta que la
carne dio sus frutos: una duquesita, otra duquesita, una más, la cuarta...
—¡¿Otra
niña?! ¡Necesitamos un varón! ¡Un heredero!
Los gritos
del zar retumbaron en todos los rincones del palacio y más allá.
Y
en cuanto pasaba la cuarentena, ¡otra vez a procrear!
Unos
añitos después…
—
¡El zarévich!! ¡Salvas de cañones en todo el imperio! — gritaba entusiasmado el
papá del niño.
A la quinta,
había acertado el tiro.
—Ay,
cariño…, creo que el nene ha heredado la hemofilia de la familia— dijo la gran Duquesa a su marido.
—¡Me
cago en los patucos del…!
—No
blasfemes, Nico. Dicen que hay un curandero famoso en el imperio que es
un mago curando enfermedades. Se llama Rasputín.
— ¡Traigan ese hombre a palacio!
Y
el monje vino raudo. Sin saberlo, estaban abriéndole las puertas a la
desgracia.
La envidia
avivó los rumores. Las malas lenguas murmuraban que el monje le comía la oreja
a la zarina y ella le comía el coco al zar para que tuviese en cuenta los chismes
de Rasputín.
—Oye,
Nico, ándate con cuidado con este y con aquel. Dice Rasputín que conspiran
contra nosotros, que no me quieren porque soy extranjera, ni quieren a nuestros hijos…
No nos quieren ver ni en pintura, Nicolás. Mucho ojo.
Pues sí. Los rusos estaban hasta las narices del autócrata, de los lujos en los palacios,
las joyas de la zarina y de la miseria del pueblo. Además, indignados por
las influencias de Rasputín en el gobierno.
¡Se acabó!
El primero
en caer fue el monje, el hechicero metido a médico que detenía las hemorragias
del zarévich con su magia. Aunque el
tipo era duro y no se dejaba matar con facilidad, al final acabó expirando en
medio de un río. Por si acaso se le daba por resucitar, los rebeldes quemaron su
cuerpo un tiempo después.
Al zar
Nicolás el gobierno del imperio se le puso cuesta arriba. Demasiado grande, demasiados
conspiradores y muchísimo cabreo del pueblo. Sobre todo, eso.
Y
llegó la revolución.
—Tranquilos,
lo dejo. Voy a buscar refugio en otro país y que os den a todos.
Sus
amiguitos europeos le dijeron a los Románov que Rusia era muy grande y en una humilde
dacha en Siberia pasarían desapercibidos.
Pero
se lo tomaron con calma y los rebeldes los recluyeron en uno de sus palacios. Después,
anduvieron con ellos de un lado para otro hasta que obtuvieron permiso para
acabar con toda la familia.
Una noche de julio, la sangre de los Románov se derramó sin piedad bajo la furia desatada de unos desalmados. Nadie imaginaba entonces que los últimos de la dinastía serían canonizados.
Qué bueno, Carmen. El fin de los Romanov contado con gracia y muchísima ironía. Un relato que recoge los episodios esenciales de ese momento en un tono que hace sonreír. Amable pese a la gravedad de lo que se cuenta. Me ha encantado leerte.
ResponderEliminarGracias, Marta. La cuestión es trágica en muchos aspectos, contarla con ironía es más fácil.
EliminarCreo que está muy bien. Así debieran acabar todas las realezas. A poder ser más temprano que tarde.
ResponderEliminarGracias, Cabrónidas. A Siberia, es suficiente.
Eliminar¡Hola! Muchas gracias por participar en el Concurso de Relatos 50 ed. en El Tintero de Oro. ¡Suerte!
ResponderEliminarGracias a ti por la propuesta tan interesante.
EliminarTodo parece verosímil porque se parece mucho a lo poco que sé del tema. Ahora pensaba en que como todos son personajes reales ( aquí doblemente reales), supongo que se puede inventar. O todo lo que he leído es real o yo soy muy crédulo.
ResponderEliminarAbrazooo
Hola, Gabiliante. Son hechos conocidos, yo solamente me he permitido imaginar este relato. Un abrazo.
EliminarHola Carmen, muy bien contado la historia de los dos tortolitos. Se hace muy amena y además muy dinámica. es una buena manera de estudiar historias con tus relatos. Suerte y un abrazo.
ResponderEliminarGracias, Ainhoa. Un abrazo.
EliminarHola Carmen. La historia de los Romanov contada de forma muy amena. Una buena manera de aprender el pasado.
ResponderEliminarUn abrazo. Marlen
Gracias, Marlem. La experiencia me ha mostrado que se aprende mejor cuando te enseñan Historia de forma amena.
EliminarUn abrazo.
Hola, Carmen. Me ha gustado mucho cómo nos vas narrando la historia de los Romanov con un toque desenfadado e irónico, lo que desdramatiza un tanto la dura e injusta realidad que hay de fondo.
ResponderEliminarEnhorabuena, te felicito.
Un fuerte abrazo, compañera.
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
EliminarMuchas gracias, Patxi. Me gusta la Historia, me alegra que haya logrado entretener con este relato.
EliminarUn abrazo, compañero.
Hola Carmen la historia de estos dos tortolitos contada con en espíritu crítico y divertido.
ResponderEliminarTe felicito te quedó una historia entretenida y agradable de leer
Un abrazo
Puri
Gracias por tus palabras, Puri. Un abrazo atlántico.
Eliminar¡Ah!, que se me olvidaba. Te deseo mucha suerte en el Tintero.
ResponderEliminarLa suerte es compartir este espacio con buenos contadores de historias desde hace tanto tiempo. He aprendido mucho con vosotros.
EliminarHola Carmen!
ResponderEliminarVaya un meteórico resumen nos has hecho de esta historia! Así con tus palabras y ese tono especial, entre humorístico y sarcástico, todo se entiende mucho mejor! Je, je! Un abrazote y suerte en el concurso!
Gracias, Marifelita. He disfrutado escribiendo este relato y vuestra buena acogida me está recompensando el esfuerzo de sintetizar esta historia en tan pocas palabras.
EliminarUn abrazo.
Hola Carmen. Una cosa que me ha gustado de tu relato es que no te tiembla la mano en hacer hincapié, más de una vez, en la diferencia en el estilo de vida opulento de los zares y quienes los apoyaban, y la absoluta miseria del pueblo, que fue al final, entre otras cosas, lo que propició su caída. Efectivamente, esta es una realidad histórica que pocas veces se tiene en cuenta al hablar de las vidas idealizadas de aquellos que han trascendido a la memoria. Y en este caso, tuvo consecuencias muy trágicas para la familia. Como positivo cabe destacar que el Zar Nicolás y la Zarina Alejandra se amaban de verdad, quizás si la vida del pobre desdichado hubiera transcurrido al margen de un imperio que como dices le venía grande, hubiera vivido más feliz, y sobre todo hubiera vivido más. Por cierto, del cuerpo de Rasputín se conservó una parte que aún se guarda en formol hoy en día (o al menos la leyenda le atribuye esos atributos, valga la redundancia). Una forma amena y simpática de contar el final trágico de una dinastía imperial, muy al estilo Concostrina. Un abrazo.
ResponderEliminarHola, Jorge. Gracias por tu amplio comentario. Se percibe que eres buen conocedor de la Historia y en tus escritos se nota que, además de talento para contar, sabes de lo que hablas.
EliminarEl miembro de Rasputín que, según cuentan, se conserva en formol será un buen tema para un relato de otra temática menos dramática.
Me gusta la Historia, voy a charlas de un historiador de nuestra ciudad, muy ameno en su forma de contar, y me encanta Nieves Concostrina, gracias por la comparación.
Un abrazo.
Hola, Carmen. Tu relato sobre Alix y Nico (Alejandra y Nicolás II) fluye como una novela histórica con un toque humorístico, se lee con facilidad sin quitarle la dureza al asunto. ¡Suerte en el concurso! Un abrazo
ResponderEliminarMuchas gracias, Eitán. La suerte es compartir este espacio enriquecedor con tan buenos contadores de historias. Un abrazo.
EliminarUna casa de nobles muy legendaria ya dados a conocer con el libro de Tolstoi, pero que mas adelante en el siglo XX tuvieron triste final. Gente legendaria, muy poderosa. Bella manera de enmarca la historia de esa dinastia
ResponderEliminarGracias por el comentario, J.C. Un saludo.
EliminarEste comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarTriste destino le aguardaba a ese amor , mis felicitaciones.
ResponderEliminarGracias, Manuel. Un destino que pudo ser evitable.
EliminarHola, Carmen. El drama de los Románov muy bien narrado, como ya nos tienes acostumbrados. Ayuda mucho esa "actualización" de los diálogos, muy cercanos y atractivos.
ResponderEliminarTe deseo lo mejor en el concurso. Un abrazo.
Muchas gracias por tus palabras, Bruno. Un abrazo.
EliminarHola, Carmen!
ResponderEliminarMe ha sorprendido cómo has plasmado una historia tan larga en tan poco espacio, a golpe de diálogo, todo bien mostrado y con un tono desenfadado que le añade un plus a la narración. No soy mucho de historia, pero he reconocido la revolución rusa que puso fin s este país en la primera gran guerra ocasionando una propia que, bueno, fue como lo narras, un correcalles donde unos se llevaron todo lo que se pudo por delante.
Me ha fascinado cómo lo has llevado, muy bueno.
Un abrazo y suerte
Gracias por tu generoso comentario, Pepe. Un abrazo.
EliminarHola.. has contado la más triste y repetitiva de las historias.. la desconexión de los gobernantes con su pueblo hasta que la realidad les enfrenta.. en este caso, en un paredón.. excelente relato. Saludos.
ResponderEliminarMuchas gracias, Octavio. La historia no para de repetirse, la sociedad avanza en tecnología y suspende en humanidad. Un saludo.
EliminarHola, Carmen. Si en los libros de texto se contara la historia como tú los has hecho, todos los niños y no tan niños la aprenderían pasándo un buen rato y no tragándose hechos y fechas de memoria, je, je.
ResponderEliminarEsta ha sido la cara B de la historia de los Romanov, la cara más divertida y menos dramática, pero real como la vida misma. Me ha encantado.
Un abrazo.
Gracias, Josep. Estoy totalmente de acuerdo, siempre he sido un desastre en memorizar fechas y datos, son más entretenidos los hechos.
EliminarAhora, en mi tierna senectud, estoy disfrutando de conocer la Historia sin tener que rendir cuentas en un examen.
Un abrazo.