Anoche
soñé contigo.
Volábamos sin miedo a estrellarnos
en el futuro que nos esperaba, en un lugar lejano donde nadie nos conocería. Tú
pilotabas el viejo aeroplano de tu abuelo y yo, a tu lado, me sentía poderosa
como el águila que sobrevuela el paisaje en busca de la mejor presa; con las
alas extendidas y la vista atenta a la oportunidad para bajar en picado a
destrozar una vida con la que alimentar la mía.
Atrás quedaban los miedos, las miradas
furtivas que me juzgaban, la estabilidad de una monotonía insoportable, por
mucho que mi madre insistiese en que debía aceptar lo que el destino me había asignado.
—Lo has prometido ante Dios, hija
mía: en la salud y en la enfermedad..., y tu marido es un enfermo. Le gustan las
mujercitas demasiado tiernas, ¡qué se le va a hacer! Él tiene mucho dinero y tú debes
tener paciencia y rezar para que cambie. Mientras tanto, disfruta las riquezas de
tu matrimonio, finge ignorar lo que hace ese cerdo y viaja tanto como puedas. Ya
conoces el dicho: ojos que no ven…
Le hice caso a mi madre y viajé
hasta encontrarme contigo en aquel hotel de Santander. Desde entonces, el billete
de vuelta a casa era cada vez más costoso. Hasta que me quedé a vivir en un ático
con vistas al mar y terraza, que mi acaudalado esposo tuvo a bien regalarme. Le
entusiasmaba la idea de tenerme lejos de sus andanzas.
Ojos que no ven, debió pensar él al
firmar la escritura de compra para complacer el capricho de su señora esposa. Las
chiquillas se conformaban con regalos más baratos.
Allí yo era feliz, pero tú no
soportabas el amor clandestino que nos asfixiaba. Por eso deseabas volar lejos de
aquel mar agitado por el viento del norte. Y sin avisarme, alzaste el vuelo.
Lo comprendí. Jamás reproché tu huida
repentina. Al fin y al cabo, nunca le pedí el divorcio a mi marido. Mi madre
tenía razón: había prometido aguantarle hasta que la muerte escribiese el fin
definitivo del contrato vitalicio y a ti no te había jurado nada.
Sin embargo, todavía sueño que
vuelo contigo hacia ninguna parte y siento el mundo rendido a nuestros pies, en
el espejismo de las ilusiones perdidas. En el aeroplano de la esperanza,
me dejo llevar por el viento y te imagino a mi lado, respirando el azul del
cielo resplandeciente hacia la luz de una meta inalcanzable.
¡Es
tan hermoso contemplar el paisaje inventado!
De pronto, un impacto me saca del
paraíso y despierto sobresaltada. ¿Nos habíamos estrellado en una cima nevada?
Intenté gritar en vano. A veces, me
olvido de que la voz también me ha abandonado. Estoy helada, con las piernas
entumecidas y el hormigueo persistente en las manos.
Nada
era verdad. El único paisaje que me rodea son cuatro paredes blancas y una
ventana inútil para el último viaje.
Imposible ponerme en pie, solo logro
agitar los brazos y mover la cabeza como poseída por el diablo para tirar la
almohada lo más lejos que alcanzan mis fuerzas en la furia desatada.
Así es mi presente. El destino que jamás
soñé, mamá.
Quizá
alguien me habrá visto en el puesto de vigilancia y se acercará a ver qué sucede.
¿Estás bien?, preguntará.
Diré
que no y al rato vendrá una enfermera a pincharme otra dosis de calmantes para drogar
mi desesperanza.
Entonces, volveré a quedarme
dormida para soñar que vuelo, una vez más, hasta cansarme de buscar una presa con
la que alimentar mi ansia de libertad. Y regreso a la terraza de mi ático con
vistas al mar, desde la que una noche emprendí el vuelo sin alas que me trajo
hasta aquí.
Relato para participar en el concurso del Tintero de oro, homenaje a Gabriel García Márquez, Cien años de soledad.
https://concursoeltinterodeoro.blogspot.com/2026/04/concurso-de-relatos-51ed-cien-anos-de.html
Preciosa historia. Hay veces en que tan solo la locura permite soportar lo que el destino tiene reservado. Mucha suerte en el concurso.
ResponderEliminarUn abrazo.
Hola, Carmen, un relato triste y nostálgico. No sé si el final es el que me imagino o no, pero no quiero destripar nada por si alguien entiende otra cosa. En cualquier caso, el destino de tu protagonista es incierto, no podía con su vida y..., pero acabó volando en otro sitio muy diferente.
ResponderEliminarMuchas gracias por participar en el reto del Tintero.
Un abrazo. :)
Hola Carmen, tu relato nos recuerda que todo tiene un precio. En este caso, no haber sido fiel a sus sentimientos tuvo un costo muy caro. Logras llevarnos junto a tu protagonista por todos los paisajes mentales por los que transita. El final llega un poco como sorpresa, pero si uno lo piensa, es lógico. La mente siempre trata de defenderse de lo que la daña. También es un relato triste, pero muy intenso en cuanto a emociones. Me gustó mucho. Saludos.
ResponderEliminarHola Carmen, juegas magistralmente con el contraste entre la libertad onírica —volar sin miedo en el aeroplano del abuelo, sentirse "poderosa como el águila"— y la claustrofobia de la realidad: cuatro paredes blancas, un cuerpo que no responde, la voz que "también me ha abandonado". El viaje de la protagonista es un descenso en tres actos: primero, la aceptación resignada del matrimonio infiel ("disfruta las riquezas, finge ignorar"); luego, el amor clandestino y el ático con vistas al mar, una jaula dorada; finalmente, el vuelo definitivo que no era hacia la libertad, sino hacia la cama de un hospital, hacia la parálisis, hacia el silencio. La frase "el billete de vuelta a casa era cada vez más costoso" adquiere, al final, un sentido terrorífico: el precio fue su propio cuerpo. El momento más devastador es cuando la madre le dice "has prometido ante Dios" y la hija termina reducida a un cuerpo que solo puede "agitar los brazos y mover la cabeza como poseída por el diablo". No hay redención aquí, solo la cruel ironía de un destino que ninguna de las dos mujeres imaginó. Y sin embargo, el relato se cierra con una decisión desgarradora: seguir soñando, seguir volando, aunque sea hacia "una meta inalcanzable". Porque soñar es lo único que le queda. Un texto valiente, sin concesiones, que habla de la libertad, sus costes y sus espejismos. Abrazos desde Venezuela
ResponderEliminarTremendo, Carmen, ese contraste entre lo que pudo ser y la realidad tan terrible de la protagonista. Un final desgarrador para un texto que entre líneas cuenta mucho más de lo que parece. Me ha encantado.
ResponderEliminarViajar, no solamente es subirse a un vehiculo, pues como dices hay mares y aires emocionales, buena reflexion en donde imaginar y soñar son la unica alternativa logica
ResponderEliminarA tu protagonista le tocaron malas cartas.
ResponderEliminarEmpiezas en segunda persona, pero el que psrece que va a ser protagonista desaparefe en breve. El matrimonio mal, la madre mal, el novio mal, las hijas mal ( completamente desapegadas parece), y lo peor de todo, el suicidio mal. Y lo que queda, aun peor. Y la ventana del sanatorio o tiene rejas o es un bajo.
Queda el consuelo de que, segun dicen, el cerebro vive los sueños ( los de cuando estas durmiendo)con la misma intensidad que si fueran realidad.
Dese luego si este era su destino desee el principio...
Abrazooo y suerte
Y eres muy buena con los títulos.
ResponderEliminarHola, Carmen. Un relato de gran intensidad, en el que el vuelo soñado desde la terraza acaba convertido en sufrimiento hospitalario. La voz narradora sostiene una emoción muy contenida, entre la belleza del espejismo y la crudeza del presente, y lo único que desea es volver a soñar con su vuelo. Aquí encaja bien un dicho: tomar decisiones es doloroso, pero no tomarlas lo es todavía más. Un abrazo fuerte.
ResponderEliminarUn relato tremendo, logrado con intensidad y al mismo tiempo con un tono de discreción palabras limitadas para un "vuelo" desesperado que lleva a la protagonista al peor de los encierros y probablemente al peor de los actos. Un apluso.
ResponderEliminarHola, Carmen. Un relato muy bonito, trazado con mucha sensibilidad. El texto evoca una gran tristeza desde el comienzo hasta ese final circular en el que lo culminas.
ResponderEliminarUn abrazo.
Hola Carmen. Tu relato comienza como termina, volando, ya ese picado inicial presagia lo que acabará por suceder, aunque el lector aún no sea en ese punto consciente de ello. Nos planteas, y también se lo planteas a tu personaje, una elección difícil: vivir en la comodidad de la abundancia en la que todo, menos el amor, te viene dado sin esfuerzo, o arriesgar el bienestar material por la aventura y el amor. Qué tentador es aferrarse a lo primero. Queriendo tener ambas cosas, la protagonista se quedó, como era previsible, sin ninguna, y aquí la culpa y la desesperación han podido con ella. Según se hacer el final juegas con la ambiguedad de lo onírico para presentarnos una realidad diferente y terrible, de quien no ha podido sobreponerse a sus errores y paga un precio demasiado alto. Un relato bien escrito que nos va llevando con oficio hasta un final que no se ve venir. Un abrazo.
ResponderEliminarHola Carmen. Un relato con una atmósfera muy potente y ese aire casi inevitable que tan bien encaja con el tema del reto. Me ha gustado cómo el destino va tejiéndose poco a poco, como una fuerza silenciosa que arrastra a los personajes hasta su desenlace. ¡¡Muy sugerente!!
ResponderEliminarUn abrazo de Marlen.