martes, 11 de octubre de 2022

LA LECTORA DE SUEÑOS






        LA LECTORA DE SUEÑOS 

Aceptar una oferta de trabajo, como persona de compañía de un anciano amargado, no era el mejor plan de mi vida. Desde el principio, supe que no sería una tarea fácil.

—El señor es de carácter complicado—me advirtió su sobrino—. Un hombre afligido que nunca superó la muerte de su esposa. Por eso, usted debe ser paciente y comprender sus arrebatos de mal humor. Por lo demás, comprobará que mi tío es un hombre educado y culto, que adora los libros y la música. Mentiría si le digo que es encantador, pues sé que no se deja querer con facilidad. Sin embargo, confío en que encontrará la manera de llevarse bien con él.

Escuchar a su sobrino describir con tanta claridad el reto al que iba a enfrentarme, para mí era una motivación.

— Yo sólo me he ocupado de buscar a la persona adecuada—continuó—, el señor es quien ha tomado la decisión y le pide que comience cuanto antes. Como ya le he comentado, su visión es muy deficiente, por eso le ha dado tanta importancia a la voz de las candidatas y debe saber que la suya le ha fascinado. De hecho, insiste en que el salario no sea un impedimento, ya que está dispuesto a ser generoso.

Hizo una pausa, pero no me atreví a preguntar la cifra, ni mucho menos, si tendría un contrato laboral con mis derechos. Además, seguía informándome de detalles no menos importantes:

—Si usted acepta, deberá venir todas las tardes a su casa, excepto los domingos y los festivos, y su cometido será acompañarle de manera activa. Le aseguro, que los paseos y las lecturas no serán las tareas más fatigosas.

Confieso que, en aquel momento, me asaltaron las dudas. No creía que hubiese tenido demasiadas competidoras dispuestas a soportar el mal carácter de aquel hombre… Si, además, el señor estaba dispuesto a pagar un salario generoso, algún motivo tendría que haber para merecerlo.

Me gustan los desafíos. Y aquí estoy, ni por mi conciencia social sobre la soledad en la vejez, ni por la ambición de un salario que dobla a cualquiera de los que había ganado hasta ahora. Lo que realmente me entusiasma, de este trabajo, es la idea de poder estar todas las tardes en esta asombrosa biblioteca, repleta de libros antiguos.

Tengo veinticinco años. Vivo con mis padres, en un pueblo marinero a trece kilómetros de este palacio. Terminé mis estudios de enfermería hace un par de años, pero, sin duda, me atrae más el arte. Y sobre todas las cosas, adoro la poesía.

Desde la primera tarde, comprobé que el sobrino del señor marqués no había exagerado. El anciano vive entre la soledad de sus posesiones y es tan gris como su pelo. Se llama Marcial, pero, al presentarnos, me dejó claro que debo llamarle Don Marcial.

Y sí, el señor es bastante huraño. Tardó casi un mes en sonreírme, aunque siempre se mostró correcto conmigo. Sabía que no iba a tener muchas oportunidades de encontrar a otra joven que aceptase este empleo con alegría y buen humor. 

En esta casa todo huele a pasado. Los espesos cortinajes impiden que pase la luz del exterior, y los retratos al óleo, que cuelgan en las paredes del palacete, son como fantasmas que me vigilan sin descanso.  Según mi jefe, sus antepasados son los únicos familiares que le caen bien.

            Todo lo demás no me disgusta.

Cada tarde, al regresar del paseo por los jardines de la plaza, nos acomodamos en la sala repleta de libros y leo en voz alta para Don Marcial.  No los elige al azar. A pesar de su limitada visión, sabe dónde se ubica cada uno de ellos y me consta que algunos los ha leído en más de una ocasión, pues conoce hasta las comas donde debo hacer las pausas.

 Le gusta cambiar con frecuencia de libro—quizá le aburra repetir las historias que ya conoce al dedillo—. Sin embargo, no se cansa del poemario que tiene en su escritorio, del que debo recitar un poema cada día.

El noble señor me inspira ternura. Verso a verso, noto como su mirada recupera el brillo. La poesía es un bálsamo sanador, sin duda. Se la recito con pasión, con calma, con el alma abierta de par en par. Él se emociona, y yo aprovecho esa rendija para inyectarle la motivación vital que tanto necesita.

Según su sobrino, su ánimo ha mejorado desde que vengo a leerle historias. Dice que se enoja menos y se le están olvidando algunas de sus manías.

Es cierto, el hombre se recupera del ostracismo poco a poco. Su piel está menos pálida y hasta se ríe a carcajadas, cuando, alguna que otra vez, le cuento la historia de un par de brujas pícaras que invento sobre la marcha. Entonces, en sus ojos brilla la ilusión de un niño. Sé que me estoy ganando su confianza, por eso le conté que yo también escribo poesía.

Hoy es el cumpleaños de Don Marcial y vamos a darle una sorpresa. Además de la tarta, he traído mi cuaderno de poemas. Aunque, confieso que me da mucho pudor intentar competir con los selectos libros del señor marqués.

Al regresar del paseo, en el salón nos espera el pianista que contrató su sobrino para amenizar esta tarde especial. Alguien ha abierto las cortinas y el paisaje otoñal asoma su luz por las ventanas, llenando la estancia de nostalgia. La atmósfera, que envuelve esta casa insulsa cuando suena la música en el viejo piano, es seductora y cálida.

 El anciano camina despacio hasta su gastado sillón y contempla la escena, emocionado: sobre la mesa, su favorita tarta San Marcos— hecha por mí— decorada con demasiadas velas; las flores en un jarrón y la tarjeta de su sobrino, felicitando su cumpleaños con cariño, pero excusando su ausencia; además de un pequeño paquete envuelto en papel dorado que no quiso abrir.

Sólo nos acompañan los antepasados estáticos en sus marcos dorados y un pianista entregado a su buen hacer.

Saco del bolso mi libreta azul, me siento a su lado y estrecho sus manos entre las mías. Mirándole a los ojos, le recito:

 Teje la melancolía

cortinas del pasado

 con hilos de lana vieja.

La luz desteje la trama

 del alma deshilada

                                               por el telar de la vida.

  Vestida de hojas secas

llega esta tarde

nueva, para ser tuya

fresca, para ser mía

libre, para ser nuestra.

 

Marcial sopla su débil aliento sobre la multitud de velas que iluminan el pastel que celebra la vida. Apago las que quedan encendidas con el vigor de mi soplido y, después, le beso en la frente.

Una emoción nueva me recorre el alma al sentir cómo se estremece. Me olvido de quienes somos y beso sus lágrimas, deseando que este momento se quede anclado para siempre. Por unos instantes, se desvanece el abismo que nos separa. Sus manos temblorosas apresan las mías, temerosas de romper el hechizo.

 Le ofrezco el beso y sus labios se abren como rosas secas, deshojándose en la proximidad de dos cuerpos plenos de vida.

El pianista sigue el concierto, ajeno a nuestro maravilloso y breve encuentro con el deseo. Leo los sueños de Marcial y me sobresalto al sentir la verdad. Me sorprende este sentimiento, alejado de la debilidad y la compasión, que me invade. Mientras, sus dedos escriben versos en mi piel.

                                                                                  

                                    

                                                                                       © Carmen Ferro  

 


EL REINO DEL ENREDO

               En el reino de las fábulas, pájaros cantores vuelan saltando de rama en rama, ambientando con sus trinos el bosque de men...