viernes, 6 de septiembre de 2024

EL REINO DEL ENREDO

 


 

          

En el reino de las fábulas, pájaros cantores vuelan saltando de rama en rama, ambientando con sus trinos el bosque de mentideros con ficticias melodías, sin reparar que en sus picos portan el oro del rastro que engorda la rica hacienda de los dueños del cotarro.

           Hadas, brujas, hechiceros, señores y vasallos, disfraces maravillosos, vendedores de espejismos, trileros, pícaros y tramposos transitan por los caminos en busca del mejor sitio donde plantar el mensaje que atraiga a muchos mosquitos.

         En algún lugar del reino, don Juan tienta a doña Inés. Mientras, en una alcoba lejana, la cándida ilusionada espera tejiendo nubes de algodón en su almohada. Mas, el señor sin corazón busca a otra más lozana, que le entregue con pasión la bolsa de los caudales que guarda.

Un inocente Romeo arriesga su vida en vano, encaramado al balcón de una Julieta sin alma. El buen hombre se ha enredado en el cuento de su amada, que dice penar encerrada en una cárcel dorada. Ella, si poder pudiese, escaparía volando a refugiarse en sus brazos, pero oculta al cándido enamorado que ha de morir esperando.

El avispado Aladino sobrevuela el territorio, buscando la lamparita que le cumpla los deseos solo con frotarla un poco.

Ranas, princesas y sapos vestidos con ropa cara muestran hermosos paisajes y platos de ricas viandas, en busca de seguidores que les sufraguen con likes los estupendos viajes que solo verán en pantalla.

Trovadores, vendehúmos, prosa y poesía sincera, amor del bueno y del malo, bufones y plañideras…

Toda la fauna y la flora del Reino de los enredos navega los anchos mares entre cantos de sirena.

 


                                                                     © Carmen Ferro.   

viernes, 15 de diciembre de 2023

LA DAMA AURIENSE

 

 

 


Cuentan los que saben de estos cuentos, que a la misteriosa dama se le puede ver cabalgando, a lomos de un hermoso corcel blanco, por las escarpadas riberas del  Sil. Desde que el mundo tiene memoria.

Unos dicen: que la mujer rubia pertenecía a un pueblo celta, que habitaba en la zona hace más de mil años. Una hermosa joven, a la que la bruja de una tribu rival, envidiosa de su belleza, condenó a vivir para siempre encerrada en el castro ya olvidado entre la maleza de aquel lugar. Del que solo puede salir en las noches de luna llena, trotando en el caballo que robó a un soldado árabe, cuando Almanzor regresaba de  arrasar Santiago de Compostela, llevándose las campanas de la catedral como venganza.

Otros aseguran: que la dama Dorada, siglos atrás, fue una sierva romana. Cuando los romanos eran los señores de las tierras de Gallaecia. Un centurión se encaprichó de la joven, que lo rechazó ante toda la plebe. Sin embargo, lejos de avergonzarse, el hombre recurrió a las malas artes de una hechicera, que aún la retiene en contra su voluntad, encerrada para siempre en  una de las bodegas de la vertiginosa pendiente de los viñedos, que todavía existen en los  bancales del lugar donde los romanos cosechaban el apreciado vino de Amandi. Que el hechizo sobreviva al paso del tiempo es un misterio, ya que ni tan siquiera aquella hechicera romana vive para explicarlo.

Incluso hay quien sentencia: que ni una cosa ni la otra. La hermosa dama, en realidad, fue la amante del Abad del monasterio más poderoso de ese territorio.  Un hombre piadoso, que torturado  por el pecado de la carne, y temeroso del infierno que le esperaba en la otra vida, enfermó del mal de amores y encerró a la causa de sus tentaciones  en una celda recóndita y húmeda del lugar sagrado que regentaba. Prefería martirizarla con su injusticia a sentirse arrebatado por su belleza. 

 Mientras tanto, la existencia de la muchacha condenada a vivir hasta el día del fin del mundo, continúa transitando en el imaginario de las gentes de los pueblos de la comarca. Aunque nadie confiese haberse encontrado en su presencia, todos comentan que por allí anda una mujer cautiva del tiempo, por alguna razón inexplicable.

 Solo, los ángeles custodios, apiadados de su injusta situación, le permiten salir, una vez al mes, en el caballo del apóstol Santiago, para asegurarse de que el equino la devuelva a su celda antes de que la luz del sol pueda iluminar su piel.

Sea cual fuere el origen de su historia, lo cierto es que la hermosa dama Dorada está condenada a vagar sola por los bancales de los viñedos por toda su existencia.

No obstante, y a pesar de tantas versiones del cuento, una cosa es cierta: encontrarse con ella y saber guardar el secreto, atrae a la buena suerte.

Por eso, David jamás contará que la ha visto. Aunque aquella visión onírica es un recuerdo maravilloso que quedó grabado en el rincón más indeleble de su mente. 

La Dama Dorada tiene una presencia fascinante. Cuenta la leyenda,  que su belleza exótica permanece joven para siempre, gracias a las excelentes propiedades de las aguas termales de la zona. Allí, se la encontró el buen hombre, bañándose en las cálidas pozas de las orillas del Miño, una noche de luna llena. Relucía en su piel un firmamento de destellos dorados, bajo la luz blanca del plenilunio de agosto. Como una sirena, impregnada del oro que aún se encuentra en la arena de las aguas donde los romanos cribaban las pepitas doradas.

Quién logra ver así a la dama Auriense, es bendecido con la buena fortuna.

Embelesado por tanta belleza, David la vio desaparecer sonriente, sumergida en las aguas medicinales de las termas, dejando la imagen de su magnífica presencia impresa en su memoria para siempre. Todavía no sabe si lo soñó o fue real, pero nunca romperá el hechizo de la buena suerte contando que, una vez, tuvo la magia tan cerca.

 

                                                              © Carmen Ferro.   




 

 

 

viernes, 10 de noviembre de 2023

AMBROSÍA





 

                                   Esta vez, el Tintero de Oro nos reta a cometer un asesinato.

           Como no me gusta la violencia, he decidido aniquilar al narrador con esta receta


                                              AMBROSÍA   EXQUISITA


        Ingredientes:

        Confianza             Ternura                 Delicadeza

        Complicidad             Constancia                 Paciencia

        Locura                     Generosidad         Tolerancia

        Fantasía                     Flexibilidad                 Comprensión

        Pasión                     Madurez                 Dulzura

        Picante                     Comunicación         Imaginación

 

 

                *Observaciones: Las cantidades deberán ser personalizadas


        Preparación:

Cocer al vapor la confianza y la complicidad

Sofreír a fuego lento la locura con la fantasía

Aderezar con pasión y picante al gusto (se recomienda añadir una pizca de ternura)

Elevar la temperatura y remover con constancia hasta conseguir el punto deseado

Añadir al sofrito los ingredientes cocidos y triturar para formar una pasta compacta

Amasar la pasta con generosidad hasta que adquiera el punto idóneo de flexibilidad

Dejar reposar a temperatura ambiente para que fermente la madurez

Se recomienda conversar mientras se espera (impedir las manipulaciones externas)

Estirar la masa con delicadeza y forrar el molde adecuado ajustando bien los bordes

Preparar una crema fina de paciencia, tolerancia, comprensión y dulzura 

Volcar la crema dentro del molde con cuidado

Hornear a temperatura suave hasta que cuaje vigilando para que no se queme

Cuando el pastel esté dorado pinchar para comprobar que está bien cocido el interior

Retirar del horno y dejar enfriar antes de desmoldar (evita las roturas inoportunas)

Decorar con imaginación

Presentar en la vajilla de las fiestas

Comer a bocados lentos saboreando la Felicidad Exquisita

                             

                                         Bon appétit!


                      


   
                            
 
© Recetario: Carmen Ferro 

 


sábado, 9 de septiembre de 2023

LA MALA CONSEJERA

 



Que Álvaro no era un inepto para escribir lo sabían todos. Pero  los premios, los halagos y la admiración recaían siempre en  la pequeña de la familia Gil de Soto Mayor.

No comprendía esa diferencia en los reconocimientos. Los dos firmaban con el mismo apellido y compartían la fascinante biblioteca familiar, repleta de ejemplares recopilados durante siglos por su familia de abolengo reconocido, y al muchacho se le reblandecían los sesos buscando cómo superar a su hermana, aunque solo fuese una vez.

«Se pasa horas ahí metida, dándole vueltas a los libros amarillentos de las estanterías, y sabe que muchas de esas historias son desconocidas. Esa listilla copia los textos, los maquilla y los viste bonito, les cambia el título, los firma con su nombre y engaña a todos. Menos a mí, claro. La muy rata plagia», sentenció.

Aunque nunca había visto a su hermana copiar, decidió imitarla. Recurrió a los tomos más inaccesibles, convencido de que allí ella no habría alcanzado ningún libro. Durante días, se dedicó a hojear, leer en diagonal, anotar frases que le llamaron la atención y copiar párrafos enteros.

Cuando creyó que tenía lo esencial, recompuso la historia y la contó con sus propias palabras. Revisó el texto al milímetro, corrigiendo la ortografía hasta la pulcritud.  Satisfecho con el resultado, lo imprimió, convencido de que esa vez el premio del concurso no sería para Lucía.

Entonces, se fijó en el tintero dorado que relucía sobre el  escritorio de su padre, el último premio conseguido por la niña de papá. Lo tomó en sus manos y leyó la frase grabada  bajo el nombre de la premiada rata familiar:

«Pídeme un deseo y lo verás por escrito».

— Menuda cursilería— se dijo— ¿Tengo que frotarle el lomo a la lamparita mágica de las letras de la niña para ganar el concurso? De acuerdo, firmaré esta historia con la tinta de esta reliquia ridícula y a cambio me concederás el privilegio de dejar al jurado sin palabras.

Ciego de orgullo, no leyó la advertencia en el envés del frasco «todo tiene un precio» y  firmó con su apellido de abolengo, antes de guardar los folios en su escritorio bajo llave. 

Ay, la vanidad. Tan seguro estaba de su obra esa vez, que la envió al concurso sin repasar ni una coma más. 

En ninguna de las ediciones del certamen, les habían enviado nada igual. Los diez folios en blanco, firmados a pluma por Álvaro Gil de Soto Mayor, sorprendieron a todos.

Su nombre era lo único  que había sobrevivido a la ausencia de las palabras del texto, que se habían esfumado del papel de buena calidad.  Bajo la firma, una frase, escrita en letras doradas, sentenciaba:

               «La envidia es muy mala consejera» 

                        

                                                                          © Carmen Ferro.                                                                            

 

miércoles, 17 de mayo de 2023

EL REGRESO


 


                                  

          EMOCIÓN: La ilusión, siempre inspira emociones. 


Hace tres años que vivo en Londres. Ser profesora de música en mi país era imposible, así que, lo dejé todo y me vine con la ilusión en la maleta.

La suerte me acompañó, en apenas unos meses encontré el trabajo de mis sueños.

Soñé con volver en verano para no morir de pena entre la maldita niebla. Pero no fue la niebla quién nos impidió vernos. De pronto, una maldición nos apartó a todos, lejos de todos.

Adiós al ansiado regreso en verano. ¡Les extrañé tanto!

Preparé este viaje en secreto, y compré un billete de ida y vuelta. Dos semanas de vacaciones, junto a ellos, serán mi mejor regalo de cumpleaños.

 Pasé tanto miedo…  La idea de no verles más aún me aterra.

Bajo del taxi temblando. Sí, esta es mi calle, mi portal, mi escalera, mi puerta. ¡Por fin, en casa!

Nadie responde al timbre. Nadie se acerca a ver por la mirilla. Ni un leve ruido. No sé cómo se habrán enterado de que venía.

Me fastidia no poder sorprenderles. ¡Qué rabia!

Cuando voy a golpear la puerta, veo el cartel:

“Nos hemos mudado. Llámanos a este número”.

Furiosa, les grito: ¡¿Mudado?! ¡¿Hablamos todas las semanas y no me contáis esto?!

Calma, Laura. Solo quieren gastarte una broma—me digo ilusionada— Están en el bar de Rosa, esperándote con ese bacalao exquisito. ¡Ay, mamá! ¡Qué ganas tengo de abrazarte!

Bajo. El bar de Rosa ya no existe. Enfadada, marco el número y el contestador me desconcierta: “El teléfono está apagado”.


                                                            © Carmen Ferro.   

El reto es pintar de emociones al personaje, pero Laura piensa que he jugado con su ilusión para dejarla en un deshaucio emocional. Espero que me perdone. 

domingo, 15 de enero de 2023

DAMAS DEL CAMINO

 


Las Damas Meigas son parte esencial de la Mitología de Galicia. Hay tantas como leyendas existen sobre ellas. En tan pocas palabras, intentaré mostrar a dos Damas poco conocidas que, según la leyenda, habitan en el Camino de Santiago, cerca del río Miño. 


            A GATA BRANCA Y ANA MANANA


La Dama felina otea  majestuosa desde su atalaya de piedra. Por la senda sube un caminante. 

    Salta de alegría.

— ¡Estamos de suerte, Ana. Viene un hombre, joven y solo!

 Sabe que será la presa perfecta. Lleva siglos viendo llegar peregrinos al final de la cuesta, sedientos y cansados. Encuentran el paraíso en el manantial cristalino que brota de la roca,  bajo la sombra acogedora de un roble centenario.

El joven bebe y se sienta bajo el árbol. Saca del zurrón la comida sin fijarse en la gata,  hasta que escucha el meloso maullido a su lado.

Blanca ronronea, mansa en  la caricia. Su pelaje, suave y lustroso, encandila al peregrino.

—Bien debes cazar para estar así de grande, minina.

Tras el reposo, el hombre se  acerca a  la fuente y llena el calabacino de  agua fresca.

Si la gata hablase, le contaría la historia que guarda esa piedra. Ana Manana pecó de curiosa y abrió el paquete que  un joven viajero le confió  en custodia. Al regreso, descubrió la traición y la maldijo. La hermosa Dama lleva siglos ahí encerrada, derramando un manantial constante de lágrimas.

La consuela Gata Branca, ejecutando venganza por ella.

¿Quién se  fiaría de una gata que camina sobre las patas traseras apoyada en la cola como en un bastón?

Él no debió hacerlo. La minina se enredó en sus piernas, perdió el equilibrio y  rodó   barranco abajo hasta llegar al río.

 La garra felina marca otra muesca en el roble y el manantial desborda alegría.


                                                                                      © Carmen Ferro.   




jueves, 29 de diciembre de 2022

A CASA DA PALMIRA

 

        

Desde hace unos años, Editorial Elvira convoca y promociona un certamen de relatos que anima a participar a todos los que nos gusta esto de inventar historias. 

                ¡Y ya van nueve ediciones!

    Esta vez me he animado a participar con un relato escrito en gallego, aunque también se puede participar con relatos escritos en castellano.  Para mi es un premio que haya sido seleccionado para formar parte del libro Relatos na rúa 9.

        El libro está ilustrado por Diseñatas, el equipo de diseño gráfico de la Fundación  Igual Arte. 



 Al final de la entrada os dejo información de ellos. No dejéis de conocerlos.

                                

            Antes os presento el relato:

  A casa da Palmira es un homenaje a mi primera maestra, que me enseñó a leer y a escribir , a hacer cuentas en los Cuadernos Rubio y ¡A bailar La Yenka

         Os comparto la versión original en primer lugar y a continuación la versión en  castellano, para que todos podáis conocer a mi querida Catalina. 


                                    A CASA DA PALMIRA

    Caeron chuzos de punta cando estabamos rezando o rosario desta tarde.  Mimadriña que maneira de chover! Pareceu que abriran as portas do ceo e a igrexa viña enriba das catro vellas que bisbabamos co párroco: Santa María madre de Dios… Non me saían as palabras da gorxa.

 Pensei que chegara o día  do xuízo final e iamos morrer alí todas , de xeonllos tralo  cura.  Foiche cousa de pouco tempo, pero na miña vida me vin noutra igual: a sarabia repicaba no tellado coa furia do demo e os lóstregos alumeaban aos  santiños todos. Nosa Señora bendita, que mediño pasei! 

A perda non ía ser moita, cada vez somos menos os que imos a novena da Virxe  de Fátima. O mundo cambiou moito en pouco tempo. Antes, non chegaban os bancos para todos, pero agora estas cousas estanse votando a perder. Apenas quedan devotos coma os daquela, que viñan de tódolos  lados da bisbarra a rezar con nós e enchían o templo de almiñas.

Grazas a Deus, escampou e puidemos desafogarnos un chisco, falando á saída  no adro. Quen máis, quen menos, pasara tanto medo coma min, que aínda vou tremendo para á  casa. Sorte de que vivo preto e xa estou chegando, porque non vai tardar nadiña en caer outra boa.

 Xesús!, que traballiño me da abrir esta porta. Teño que chamar ao cerralleiro sen falta. Atráncase a fechadura, pero só me lembro de que hai que arranxala cando veño co apuro.

 Xa está! Desta foi!

A miña casiña cheira que arrecende. O cheiro a xabón da roupa recórdame a  tía Maruxa, á  irmá da miña avoa era de lavar todo coa pastilla de Lagarto . Pasou os seus últimos anos vivindo con nós, na parte de abaixo da casa. Cando finou, arranxamos isto para facer a aula, pero hai tempo que pechei a escola e puxen a lavadora no cuarto de aseo do baixo.

Traio os pés enchoupados. Non dan arranxado as fochancas do camiño, e pasou un tolo co coche e púxome pingando. Vou ter que falar co alcalde, a ver se os manda vir dunha vez. Un día destes vou chamar a radio para decirllo ao Abel… Como se chama o programa ese o que chaman os veciños para falar co alcalde, ó?... Agora non me lembro, pero xa me virá á cabeza.  Antes de nada, vou cambiar os zapatos, non vaia ser o demo que esvare e quede tirada no chan ata que alguén do barrio me bote en falta.

Señor, que lóstrego!, volve a tronada… Logo verei se están fechadas as ventás do faiado, pero primeiro teño que tirar derriba do corpo esta roupa. Unha pulmonía podería matarme y non me apetece morrer tan pronto.

Non chocheo, non. Falar soa éche cousa de familia. Son neta da Palmira e filla da Luisa, a avoa e mamá  rosmaban todo o día. Eu vivín sempre con elas, ata que morreron de vellas, e herdei a súa teima coma herdei esta casiña, que era todo canto tiñan.

Estouche ben orgullosa das miñas. Hai setenta e tres anos, non eran bos tempos para criar unha nena sen pai. Pero elas apañáronse como puideron para sacarme adiante, sen axuda de ninguén.

Subo as escaleiras do mesmo xeito ca elas: amarrada ao pasamáns, puxando deste corpo doente ata o primeiro andar. Ás veces,  sinto que andan por aquí, agochadas neste cuarto que era o de miña nai, dicíndolle fuxe,  fuxe! aos meus gatiños.

Mírome espida, no espello do roupeiro, e non me recoñezo: xa non queda nadiña da boa moza que fun. Non hai máis que vernos na foto esa que teño enriba da cómoda, o guapas que estabamos as tres aí, vestidas de festa no casamento dun parente que xa non lembro… Sonche cuspidiña a mamá.

Ningunha de nós casou: miña nai era filla de solteira e eu tamén. E nunca me arrepentín de non ter fillos, chegoume dabondo con ensinar aos rapaces doutros.

Mentres barallo estas cousas, abro o frasco de colonia Joya  que gardo ao lado do noso retrato coma unha reliquia, aínda me cheira a aqueles tempiños!

 Por iso nunca vou vender o único que me queda nesta vida.

A miña casiña éche moi aquelada: tralo  valo da entrada hai un pequeno xardín con roseiras, e  na parte de atrás, teño a horta onde boto catro cousas para o meu apaño. Pero o mellor está na planta de arriba: os dous dormitorios; un cuarto de aseo, moi xeitosiño con ventá; e a cociña unida á sala da galería que mamá mandou facer canda a reforma. Unha marabilla con vistas.

 Ela votaba as tardes no seu recuncho coa calceta, o mesmo sitio onde eu paso o tempo lendo. Dende aí, vexo un cachiño do mar que nos separa do Morrazo. Pero sei que as vistas vanme durar pouco: xa están obrando pola parte de abaixo, cara a  estación de Renfe.

 Un centro comercial con estación de tren y de autobús, todo moi moderno. Ao Alcalde non lle cabe un garabullo co proxecto do arquitecto Thom Mayne. E presume de que van a construir na zona un ascensor único no mundo, como todo o desta cidade.

Neste barrio apenas quedan en pé un par de casas coma esta.  Hai anos,  achegáronse por aquí uns homes co peto cheo de cartos, que ofreceron catro pesos e un piso novo pola casa da  Palmira. Pero miña nai era ben teimuda e non foron quen de convencela.

Os corvos non se esquecen deste curruncho: cada pouco, volven de visita. Din que o lugar non é axeitado para unha persoa maior, e ofrécenme dous pisos con vistas á Ría. Levan razón, mais eu son tan teimuda coma a miña nai e non preciso que me convenzan. Sei ben que os herdeiros han vender todo en canto a morte arrefríe o meu corpo. Iso a min tanto me ten, dígolle a eses homes cada vez que veñen a verme. 

Os que non veñen, nin de visita, son os meus parentes de Ourense. Xa choveu , dende que apareceu unha prima de alá pola porta da miña casa. Chegou á hora da sesta cunha bolsa de pexegos na man. Eu recoñecina ben, pero pregunteille quen era para amolala un pouco. A Elvirita da Tomasa veu porque tiña o home ingresado no Hospital de Fátima,  e durmiu aquí un par de noites. Sentóucheme de marabilla un pouco de leria con ela, é tan faladeira coma min.

Tiven tempo de poñela ao día. Seica non sabía que a miña avoa, de moza, estivo servindo na casa duns señoritos na rúa do Príncipe, que a botaron fora  cando empreñou (nunca dixo de quen). Contáronlle, que a Luisiña da Palmira criouse coa familia na aldea, porque súa nai foi gañar a vida a Barcelona e que, cando volveu, comprou casa en Vigo e trouxo a rapaza con ela.

 Iso é certo: a miña nai veu para acá de mociña. Tiña catorce anos cando empezou a traballar na fábrica de Alfageme, coa  tía Maruxa.

Non lle falei, porque isto non lle interesa a ninguén, do que lle custou a miña avoa xuntar os cartos para comprar unha vivenda; nin das que pasou miña nai, traballando coma unha burra na conserva , para pagar as letras do préstamo da reforma desta casa vella.

Son mestra polo esforzo das miñas, díxenlle á tal prima. Se tiven sorte de poder estudar naqueles tempos, sendo filla de solteira, foi grazas ás monxas dos Choróns (todo hai que dicilo), que nos axudaron no que podían. Despois, cumprín coa promesa que lle fixera á miña santiña, e votei moitas tardes aprendéndolle a ler e a escribir, a mulleres que  tiñan menos sorte ca min.

Non sei se xa o dixen: chámanme Catuxa e gústame falar. Miña nai contoume que  meu pai foi un desgraciado, o coitado matouno  unha chispa cando arranxaba unha caldeira, antes de saber  que  ela levaba dúas faltas e eu viña de camiño.


                                                      © Carmen Ferro.   

                           

                 LA CASA DE PALMIRA

 

                Llovía a mares cuando estábamos rezando el rosario de esta tarde. ¡Madre mía, qué manera de llover! Parecía que se abrieran las compuertas del cielo y la iglesia iba a caer de repente sobre las cuatro ancianas que rezábamos junto al párroco: Santa María madre de Dios... Las palabras no salían de mi garganta.
 Pensé que había llegado el día del juicio final y que íbamos a morir allí, rezando de rodillas.
 Duró poco tiempo, pero en mi vida me vi en otra igual. El granizo retumbaba en el tejado con la furia del demonio y los relámpagos iluminaban todos los santos de la iglesia.


         ¡Nuestra señora bendita, qué miedo he pasado!
La pérdida no iba a ser mucha, cada vez somos menos los que vamos a la novena de la Virgen de Fátima. El mundo ha cambiado mucho en poco tiempo; antes no llegaban los bancos para sentarse todos, pero ahora estas cosas se están perdiendo.  Apenas quedan devotos como los de entonces, que venían de todos los barrios de la ciudad a rezar con nosotros y llenaban el templo de almas.
    Gracias a Dios, escampó enseguida y pudimos desahogarnos del susto charlando en el atrio al salir de la iglesia. Quién más, quién menos, había pasado tanto miedo como yo, que todavía voy temblando para casa.
    Menos mal que vivo cerca y ya estoy llegando, porque no tardará nada en caer otra buena.


    ¡Jesús, qué trabajo me da abrir esta puerta! Tengo que llamar al cerrajero sin falta. La cerradura se atasca, pero solo me acuerdo de arreglarla cuando vengo con las prisas.
         ¡Ya está! ¡Por fin conseguí abrirla!


     Mi casa huele de maravilla. El olor a jabón de la ropa me recuerda a la tía Maruja, la hermana de mi abuela lavaba todo con la pastilla de Lagarto. Pasó sus últimos años viviendo con nosotros, en la planta baja de la casa. Cuando falleció, arreglamos esto para hacer aquí el aula, pero cerré la escuela hace tiempo y puse la lavadora en el aseo del bajo.
    

    Traigo los pies empapados. No arreglan los baches de la callejuela y pasó un loco con el coche y me puso pingando. Voy a tener que hablar con el alcalde, a ver si manda venir de una vez a los operarios. Un día de estos voy a llamar a la radio para contárselo a Abel..., ¿cómo se llama el programa ese al que va el alcalde a responder a los vecinos?... ¡Ay!, ahora no recuerdo el nombre, pero ya me vendrá a la cabeza.

Antes de nada, tengo que cambiar el calzado, no vaya a ser que resbale y me quede tirada en el suelo hasta que alguien me eche de menos en el barrio.
  

  ¡Señor, qué relámpago! Vuelve la tormenta. Tengo que ver si las ventanas del desván están cerradas, pero antes voy a quitarme esta ropa mojada de encima. Una pulmonía podría matarme y no me apetece morirme tan pronto.
    

   No chocheo. Esto de hablar sola es cosa de familia. Soy nieta de Palmira y la hija de Luisa. La abuela y mamá refunfuñaban todo el día y yo viví con ellas hasta que se murieron, de viejecitas. Heredé sus manías como heredé esta casa, que era todo cuanto tenían.

Estoy muy orgullosa de ellas. Hace setenta y tres años, no eran buenos tiempos para criar a una niña sin padre. Pero se las arreglaron como pudieron para sacarme adelante, sin la ayuda de nadie.
Hasta subo las escaleras como lo hacían ellas: agarrada a la barandilla, tirando de este cuerpo dolorido hasta el primer piso. A veces, siento que aún están por aquí, escondidas en este cuarto que era el de mi madre, diciéndole vete, vete a mis gatos.
   

     Me miro desnuda en el espejo del ropero y no me reconozco. Ya no queda nada de la buena moza que era. No hay más que ver la foto esa que tengo en la cómoda, lo guapas que estamos las tres vestidas de fiesta en la boda de un familiar, ya no recuerdo quién. Soy igualita a mamá...
Ninguna de nosotras se casó, mi madre era hija de soltera y yo también. Nunca me arrepentí de no tener hijos, me bastaba con enseñar a los niños de otros.

    Mientras rememoro estas cosas, abro el bote de colonia Joya que guardo al lado de nuestro retrato como una reliquia, todavía huele a aquellos tiempos.
 Por eso nunca venderé lo único que me queda en esta vida.
    

    Mi casa es muy apañada: tras la verja de la entrada hay un pequeño jardín con rosales, y en la parte trasera tengo el huerto donde cosecho cuatro cosas para mi sustento. Lo mejor está en el piso de arriba: los dos dormitorios, un cuarto de baño pequeño con ventana y la cocina unida a la sala de la galería, que mamá mandó hacer cuando reformó la casa. Una maravilla con vistas.
    Ella pasaba las tardes tejiendo en su rincón favorito, el mismo donde yo las paso leyendo. Desde ahí aún veo un poco del mar que nos separa del Morrazo. Pero las vistas me van a durar poco, ya están construyendo en la parte de abajo, hacia la estación de Renfe.
     Un centro comercial con estación de tren y de autobuses, todo muy moderno. Al alcalde no le cabe el orgullo en el cuerpo con el proyecto del arquitecto Thom Mayne. Y presume del ascensor que construirán en la zona, único en el mundo, como todo en esta ciudad.

    En este barrio apenas quedan en pie un par de casas como esta. Hace años, pasaron por aquí unos señores con los bolsillos llenos de dinero ofreciendo cuatro duros y un piso nuevo por la casa de Palmira. Pero mi madre era muy terca y no pudieron convencerla.
   

 Los cuervos no se olvidan de este rinconcito y de vez en cuando vuelven de visita. Dicen que el sitio no es adecuado para una persona mayor, y ahora me ofrecen dos pisos con vistas. Tienen razón. Pero yo soy tan terca como mi madre y no van a convencerme.  Sé bien que los herederos venderán todo tan pronto como la muerte enfríe mi cuerpo. A mí eso me da igual, les digo a esos hombres cada vez que vienen a verme. 
    

    Los que no vienen, ni de visita, son mis parientes de Orense. Ya llovió, desde que apareció una prima del pueblo en la puerta de mi casa. Llegó a la hora de la siesta, con una bolsa de melocotones de su huerto en la mano. La reconocí bien, pero le pregunté quién era solo para fastidiarla. Elvirita de Tomasa vino porque su marido estaba ingresado en el Hospital de Fátima y durmió aquí un par de noches.
 

Me lo pasé genial charlando con ella, es tan habladora como yo.
    Tuve tiempo de ponerla al día. No sabía que  mi abuela, de joven, había estado de sirvienta en casa de unos señores de la calle del Príncipe, que la echaron cuando se quedó embarazada (nunca dijo de quién). Sabía que Luisita de Palmira se crió con la familia en el pueblo, porque su madre se había marchado a Barcelona para ganarse la vida y que, cuando regresó, compró una casa en Vigo y se llevó a la niña a vivir con ella.
 

    Es cierto, mi madre vino a vivir aquí con su madre cuando era una mocita. Tenía catorce años cuando empezó a trabajar en la fábrica de conservas Alfageme, con la tía Maruja.
No le hablé, porque esto no le importa a nadie, de lo que le costó a mi abuela reunir el dinero para comprar una vivienda. Ni de las que pasó mi madre, trabajando como una burra en la conservera, para pagar las letras del préstamo para reformar esta casa vieja.
    

    Soy maestra por el esfuerzo de las mías, le dije a la tal prima. Si tuve la suerte de poder estudiar en aquellos tiempos, siendo hija de una mujer soltera, fue gracias a las monjas del colegio de los Llorones (todo hay que decirlo), que nos ayudaron en lo que podían.
 Después cumplí la promesa que le había hecho a mi santa, y pasé muchas tardes enseñando a leer y a escribir a mujeres que tenían menos suerte que yo.

    No sé si ya lo he dicho: me llamo Catalina y me gusta                 hablar.
Mi madre me contó que mi padre fue un hombre muy desafortunado, el pobre murió electrocutado cuando arreglaba una caldera, antes de que ella pudiese contarle que ya tenía dos faltas y yo estaba en camino.
 

                                                © Carmen Ferro.   

                




       


                 Para los que queréis conocer el certamen

                    https://editorialelvira.com/category/vigohistorico/


                Y conocer el libro, solidario con la Fundación Igual Arte

                     https://editorialelvira.com/product/relatos-na-rua-9/


                         Y sobre todo  

          Os animo a conocer el trabajo de Igual Arte. Artistas en el amplio sentido de la palabra. 

                             https://fundacionigualarte.com/

            Un ejemplo de su talento creativo es la letra de la canción      Piel con piel de Antonio Orozco 

    compuesta por Eva García, miembro del grupo Chungo Pastel, de Igual Arte


            Aquí podéis ver el vídeo. No os perdáis esta maravilla 

                        https://www.youtube.com/watch?v=IiMndzKJei0


            

             

                              




sábado, 12 de noviembre de 2022

EL OPERARIO DEL TURNO DE NOCHE

 

 

  



El lunes llegó tarde y vino en taxi. Se disculpó, me dijo que había ido al pueblo, a ver a sus suegros, y el tren llegó con retraso.

Le vi tan abatido que no me atreví a preguntarle si ya sabía algo de su mujer. No era la primera vez que tras una bronca metía cuatro cosas en una bolsa, apagaba el móvil y se iba unos días. Luego, regresaba como si no hubiese pasado nada.

En esta ocasión, ya han pasado diez días y el móvil sigue apagado.

La policía insiste.  Ayer vinieron a revisar la taquilla de López y otra vez hicieron preguntas. Les repetí lo sucedido el lunes y les comenté que el hombre es muy reservado. Lo poco que hablamos es en los cambios de turno y él trabaja de noche.

 Esta mañana, llegué media hora antes y le invité a un café. Quizás necesitaba hablar, porque me contó que discutían a menudo. Le aconsejé que se tomase un descanso y me dio la razón.

—Un tiempo de reflexión me vendrá bien—me dijo.

Eran las once cuando se atascó la cinta que lleva la basura al incinerador y avisé al técnico.

— ¡¿Quién cojones tiró esto aquí?!

Bajé a ver qué pasaba. Inmediatamente llamé a la policía, se me había olvidado decirles que el lunes López llegó arrastrando una maleta grande. Los restos que atascaron los rodillos eran del mismo color. Me conmocionó la mano aplastada. ¡Qué horror! Ni se molestó en quitarle la alianza.


                                                                                                     © Carmen Ferro.   


            

viernes, 16 de septiembre de 2022

LA JUNGLA ANIMADA

 





En medio del río de transeúntes, la niña camina de la mano de su padre. Se destapa las orejas—atrás queda el sonido estridente del gaitero que todos los días repite lo mismo— y vuelve a quejarse de que los abuelos vivan en el centro histórico de esta ciudad universal. Rebosante de visitantes y  peregrinos con mochilas que se excusan, en cualquier idioma, cuando tropiezan con ella.

— ¿No podemos ir por otro sitio?

El padre no responde. Sabe que las quejas de Antía cesan cuando llegan al final de la plaza. Allí, un paje flautista anima a contemplar la figura inmóvil de una princesa, bronceada de purpurina.  Le fascina ver como se ilumina la corona, cuando alguien echa unas monedas en el sombrero del suelo. Su majestad inclina suavemente la cabeza, le guiña un ojo y se  queda de piedra.

Continúan hacia la calle de las platerías, donde una mujer canta boleros con un señor que toca el acordeón. Según Antía, bastante mal.

En la callejuela donde viven los abuelos, un manantial de notas musicales  fluye entre las casas de piedra. Bajo los soportales, Sara toca la lira. Los paseantes se detienen para escuchar su prodigiosa voz en un poético canto medieval.

Aplauden cuando termina y la niña, entusiasmada, deja claro a los presentes que la artista su tía.

—Papá, ¿por qué no se callan los otros para escuchar solo a Sara? Es la que mejor canta.

—Para saber que Sara es la mejor hay que escuchar a todos, rapaciña.    

                                                                                        

 Inspirado en la cita:

            "El bosque sería muy triste si solo cantaran los pájaros que mejor lo hacen".

                                                                                         Rabindranath Tagore


                    © Carmen Ferro.   


               

EL REINO DEL ENREDO

               En el reino de las fábulas, pájaros cantores vuelan saltando de rama en rama, ambientando con sus trinos el bosque de men...