domingo, 12 de abril de 2026

SIN ALAS

 


Anoche soñé contigo.

Volábamos sin miedo a estrellarnos en el futuro que nos esperaba, en un lugar lejano donde nadie nos conocería. Tú pilotabas el viejo aeroplano de tu abuelo y yo, a tu lado, me sentía poderosa como el águila que sobrevuela el paisaje en busca de la mejor presa; con las alas extendidas y la vista atenta a la oportunidad para bajar en picado a destrozar una vida con la que alimentar la mía.

Atrás quedaban los miedos, las miradas furtivas que me juzgaban, la estabilidad de una monotonía insoportable, por mucho que mi madre insistiese en que debía aceptar lo que el destino me había asignado.

—Lo has prometido ante Dios, hija mía: en la salud y en la enfermedad..., y tu marido es un enfermo. Le gustan las mujeres demasiado tiernas, ¡qué se le va a hacer! Él tiene mucho dinero y tú debes tener paciencia y rezar para que cambie. Mientras tanto, disfruta las riquezas de tu matrimonio, finge ignorar lo que hace ese cerdo y viaja tanto como puedas. Ya conoces el dicho: ojos que no ven…

Le hice caso a mi madre y viajé hasta encontrarme contigo en aquel hotel de Santander. Desde entonces, el billete de vuelta a casa era cada vez más costoso. Hasta que me quedé a vivir en un ático con vistas al mar y terraza, que mi queridísimo esposo tuvo a bien regalarme. Le entusiasmaba la idea de tenerme lejos de sus andanzas.

Ojos que no ven, debió pensar él al firmar la escritura de compra para complacer el capricho de su señora esposa. Las chiquillas se conformarían con poca cosa.

Allí yo era feliz, pero tú no soportabas el amor clandestino que nos asfixiaba. Por eso deseabas volar lejos de aquel mar agitado por el viento del norte. Y sin avisarme, alzaste el vuelo.

Lo comprendí. Jamás reproché tu huida repentina. Al fin y al cabo, nunca le pedí el divorcio a mi marido. Mi madre tenía razón: había prometido aguantarle hasta que la muerte escribiese el fin definitivo del costoso contrato y a ti no te había jurado nada.

Sin embargo, todavía sueño que vuelo contigo hacia ninguna parte y siento el mundo rendido a nuestros pies, en el espejismo de las ilusiones perdidas. En el aeroplano de la esperanza, me dejo llevar por el viento y te imagino a mi lado, respirando el azul del cielo resplandeciente hacia la luz de un destino inalcanzable.

            ¡Es tan hermoso contemplar el paisaje inventado!

De pronto, un impacto me saca del paraíso y despierto sobresaltada. ¿Nos habíamos estrellado en una cima nevada?

Intenté gritar en vano. A veces, me olvido de que la voz también me ha abandonado. Estoy helada, con las piernas entumecidas y el hormigueo persistente en las manos.

Nada era verdad. El único paisaje que me rodea son cuatro paredes blancas y una ventana demasiado alta para intentar volar por última vez.

Imposible ponerme en pie, solo logro agitar los brazos y mover la cabeza como poseída por el diablo para tirar la almohada lo más lejos que alcanzan mis fuerzas en la furia desatada.

Así es mi presente. El destino que jamás soñé, mamá.

Quizá alguien me habrá visto en el puesto de vigilancia y se acercará a ver qué sucede.

¿Estás bien?, preguntará.

Diré que no y al rato vendrá una enfermera a pincharme otra dosis de calmantes para drogar mi desesperanza.

Entonces, volveré a quedarme dormida para soñar que vuelo, una vez más, hasta cansarme de buscar una presa con la que alimentar mi ansia de libertad. Y regreso a la terraza de mi ático con vistas al mar, desde la que una noche emprendí el vuelo sin alas que me trajo hasta aquí.

                                                    

                                                                                         © Carmen Ferro.4/26

 

Relato para participar en el concurso del Tintero de oro, homenaje a Gabriel García Márquez, Cien años de soledad.

https://concursoeltinterodeoro.blogspot.com/2026/04/concurso-de-relatos-51ed-cien-anos-de.html


SIN ALAS

  Anoche soñé contigo. Volábamos sin miedo a estrellarnos en el futuro que nos esperaba, en un lugar lejano donde nadie nos conocería. T...