viernes, 23 de enero de 2026

ENTRE CERDOS ANDA EL JUEGO

 

 


 

Había una vez un cerdito, sonrosado y caprichoso, que metía los hocicos en territorios ajenos, buscando valiosas trufas que cotizaban en bolsa para pagarse las fiestas en sus mansiones inmensas.

 

Contaban los mentideros que de joven el marrano comía tiernas gacelas. Por eso, al hacerse viejo, quiso dominar la selva para comer a su antojo sin que nadie le tosiera.

 

Una piara de cochinos, con caudales a raudales, compraban favores al lobo que esperaba agazapado a que pasasen las niñas que iban con la cestita a llevarle la merienda a la querida abuelita. Con tretas las engatusaba para el chancho que pagaba.

 

Tras la maleza escondidos, cazadores de tesoros tomaban notas del cuento, esperando el momento de rentabilizar el negocio desvelando el gran secreto.

 

Con el tiempo, el Cerdito quiso ser el rey del mambo, insuflando malos vientos en todas las coordenadas donde hubiese tierras raras, con la ayuda inestimable de colegas complacientes que contentaban al bicho sin importarles el precio que costase el capricho.

 

Cerdos cómplices soplaron sobre casas sin tejado y las paredes de barro.

 

Sobre el lecho del desastre, el magnate de los puercos dibujó un paraíso. Con gorrinos amiguitos construiría ciudades de lujosos edificios que lucirían lustrosos el oropel vanidoso que ensalzaba sus dominios.

 

Feliz, el Guarro insaciable movía con brío el tocino al son de la monedita que caía en sus bolsillos.

 

Mientras, los afligidos esperaban con anhelo que el bicho se atragantase con zumo de caroteno antes de que llegase el infierno. 

 

 

 

 

                                       © Carmen Ferro.1/26

               

 

 

 

ENTRE CERDOS ANDA EL JUEGO

      Había una vez un cerdito, sonrosado y caprichoso, que metía los hocicos en territorios ajenos, buscando valiosas trufas que cotizaban ...