Había una vez un cerdito, sonrosado y caprichoso, que
metía los hocicos en territorios ajenos, buscando valiosas trufas que cotizaban
en bolsa para pagarse las fiestas en sus mansiones inmensas.
Contaban los mentideros que de joven el marrano comía
tiernas gacelas. Por eso, al hacerse viejo, quiso dominar la selva para comer a
su antojo sin que nadie le tosiera.
Una piara de cochinos, con caudales a raudales,
compraban favores al lobo que esperaba agazapado a que pasasen las niñas que
iban con la cestita a llevarle la merienda a la querida abuelita. Con tretas
las engatusaba para el chancho que pagaba.
Tras la maleza escondidos, cazadores de tesoros
tomaban notas del cuento, esperando el momento de rentabilizar el negocio
desvelando el gran secreto.
Con el tiempo, el Cerdito quiso ser el rey del mambo,
insuflando malos vientos en todas las coordenadas donde hubiese tierras raras,
con la ayuda inestimable de colegas complacientes que contentaban al bicho sin
importarles el precio que costase el capricho.
Cerdos cómplices soplaron sobre casas sin tejado y las
paredes de barro.
Sobre el lecho del desastre, el magnate de los puercos
dibujó un paraíso. Con gorrinos amiguitos construiría
ciudades de lujosos edificios que lucirían lustrosos el oropel vanidoso que ensalzaba
sus dominios.
Feliz, el Guarro insaciable movía con brío el tocino
al son de la monedita que caía en sus bolsillos.
Mientras, los afligidos esperaban con anhelo que el
bicho se atragantase con zumo de caroteno antes de que llegase el
infierno.
© Carmen Ferro.1/26