Que el amor es ciego lo aprendí en la mirada de aquellos
ojos que me atrapaban en su espiral magnética para arrastrarme al pozo
profundo de la lujuria sin mesura.
En aquel fondo oscuro, yo era feliz. Enmarañado en una
piel que sabía a oliva verde, seducido por su carne de seda firme,
mientras me quemaba en su mirada candente. Sin temor a las llamas.
Una y otra vez, mi voluntad claudicaba, subyugada por el encanto
de la locura, hasta que el hechizo se desvanecía en la tenue luz del alba. Entonces,
la enigmática silueta desaparecía, engullida por una bruma amarillenta, sin
despedirse, dejando el aroma de su sudor impregnado en mi cuerpo abandonado en
el lecho de la muerte dulce.
Que sudase azufre
debió hacerme sospechar. Y más todavía,
sus impresionantes ojos sangrantes en el gozo, como el atardecer derramado en
el horizonte. Pero mi razón había sucumbido en aquel paraíso imprevisto. Así de
ciega es la pasión.
A veces, tardaba en regresar. Entonces, imaginaba su mirada
de telaraña en el techo de mi cuarto. Inventaba su nombre, agitado en mi sueño
de fantasías, arropado por la sábana que envolvía mi delirio en seda, hasta que
el olor a azufre embriagaba mi nostalgia.
Oh, Olivia mía— suspiraba al recordar.
Al abrir los ojos, allí estaba la mirada malévola en un
rostro inesperado, con su boca abismal riéndose a carcajadas, sujetando en sus
garras el cartel que me indicaba la salida del edén.