LETARGO

 

 


 


                                                                                   Imagen © Carmen Ferro



        Salgo de casa temprano y me pierdo en la soledad de la niebla que envuelve las calles. El aire es tan húmedo y viscoso que podría masticarlo. Hoy me vestí de gris y llevo un reloj de plomo en bolsillo. Cosas de viejo.

 Las farolas apenas alumbran las aceras que me llevan al café Bolivia. Los diarios solo hablan de las malas noticias. ¡Qué oficio tan triste el del periodista que no cuenta cosas buenas!

        Regreso, con las mismas ganas que lleva el convicto a la soga. La lluvia ya no cesa, repica con furia en las baldosas de piedra y el mediodía se anuncia, con doce campanadas que invitan a rezar el Ángelus a un pueblo vacío hasta de pájaros. 

 Solo la torre del campanario está satisfecha; le complace ver su altiva figura reflejada en los charcos del suelo, compara su nido sin cigüeñas con un elegante sombrero, y se ve hermosa frente a los árboles deshojados de la plaza. Las palomas miran sus plumas grisáceas en el espejo húmedo de las losas, antes de alzar el vuelo con alboroto. Un soplo de viento las desvanece y la plaza se queda vacía como ayer, como siempre, desde que no hay niños, ni viejos, que la llenen de charlas y de juegos.

Las ventanas y los balcones, decorados con banderas, proclaman una fiesta que quizás no llegue a tiempo.

    Entro en casa cansado de no hacer nada, cierro la ventana y me acuesto a contemplar las paredes. Me pesan las pestañas, los ojos se me cierran. No lucho, no me dan las fuerzas para enfrentarme a la almohada, que se aferra a mi cabeza con telas de arañas invisibles y se acomoda a la forma de mi cráneo oxidado.

Mis piernas, mis brazos, todos mis huesos, se adhieren con fuerza al imán gigante que anida en el colchón de esta cama vieja. Caigo al vacío de un pozo  furioso, a un agujero negro que se traga las ganas de cualquier cosa.

        La luz de la tarde se va despacio,  y  mi reloj aún marca las siete.

    Me vence el duermevela. La fina telaraña de los sueños oscuros proyecta la imagen evanescente de siempre. Otra vez ciego por la noche cerrada. Otro día sin sucesos para contarle a los fantasmas de las horas de insomnio.


        © Carmen Ferro.

Comentarios

  1. Bonito, bien escrito, lleno de sensaciones y sentimientos, y con un color gris que lo envuelve y que has sabido transmitir de maravilla. Me ha encantado.
    Un beso.

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  2. Hola, qué bonito y qué ritmo más marcado al compás de ese reloj.
    Insomnio qye se pierde en la tarde y que vuelve relajar las fuerzas.
    Saludos

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