DESTELLOS

 En casi todas las familias hay un iluminado, en la mía tenemos a mi primo Andrés. 
Ya desde pequeño mostró gran afición a eso del espacio sideral, y a acumular cuanta chatarra se encontraba por delante. Todo le servía para construir su particular vehículo espacial. 
En la infancia todo nos parece posible, más aún si tienes cerca alguien tan imaginativo y tenaz como él. Su hermana Carla y yo fuimos entusiastas colaboradoras ensamblando, lata a lata, el artilugio que nos serviría para transportarnos al espacio.
 Y así fue. Un seis de agosto, antes de media noche, ya éramos tres trasnochados tripulantes, en una cacharrería, rumbo al desconocido mundo estelar.
Cómo consiguió  arrancar aquello, solo lo sabe él; cómo empezó el aparato a descomponerse, enseguida lo supimos los tres. Las dos rezamos como beatas a las puertas del infierno, Andrés no tuvo tiempo ni para decir amén, agarrado al volante escacharrado de un Seat Panda, chillaba como un poseo intentando controlar aquel cacharro interestelar.
Al final pasó lo irremediable. Caímos suavemente, ¡Menos mal!, atraídos por la escasa gravedad de un lugar a saber dónde. Solo estábamos seguros de algo, no habíamos aterrizado en la luna. Allí no había ni un mísero cráter.
—Es Urano—dijo Andrés muy resuelto, como experto estudioso de los planetas y demás estrellas del universo.
—Sea lo que sea, estamos perdidos—sentencié, segura de no equivocarme.
Lo bueno es que había oxígeno, y agua también. Al menos eso creía yo. Muy cerca de nosotros encontramos algo parecido a un riachuelo. Aunque su intenso color, verde fluorescente, resultaba muy sospechoso, su agradable olor atraía a un ejército de mosquitos, del tamaño de un tigre siberiano. No me paré a pensar si aquello era buena señal. 
Yo me moría de sed; me agaché en la orilla del regato, para tomar un poco de aquel líquido verdoso, con las palmas de mis manos. Era pura gelatina, que sabía a manzana con piña.
 ¡Genial! Ahora solo podríamos morir de una disentería.
Lo peor, es que al rato de beber semejante brebaje, sentí mi cuerpo desvanecido y torpe; apenas caminé dos pasos, resbalé y me caí al río. Aquella materia gelatinosa me absorbió como arenas movedizas. Me arrastró, por una grieta, a una estancia iluminada por millones de  luciérnagas brillantes.
 La cueva estaba habitada. Unos seres extraños; animales casi de mi tamaño, que de espaldas parecían murciélagos, pero de frente eran igualitos a los sapos parduzcos y viscosos de nuestro pueblo.
Sentía, bajo mis pies descalzos, el suelo resbaloso y templado de la caverna. El calor y la humedad eran asfixiantes. Al fondo de la estancia, una chimenea de lava roja y candente, ambientaba el lugar. De pronto temí estar en el infierno.  
Del techo, enormes estalactitas lloraban un líquido espeso y verde, igual que el río que me había tragado un poco antes.
Quizás estaba en la gruta de un volcán, pero el aire era limpio y respirable, tan puro como el de nuestras montañas. 
Todo brillaba a mi alrededor. Me maravilló la perfecta simetría entre todas las paredes, como reflejos de sí mismas en múltiples espejos.
No tarde mucho en despertarme. Andrés gritaba mi nombre como un loco poseído.

-¡María, sube, que esta noche nos vamos!

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