DULCE VENGANZA




Lo que os voy a decir ahora no pensaba contarlo nunca, pero   este aroma a bizcocho horneándose que inunda mi cocina, me incita. No  puedo resistirme más a la tentación de liberarme ya, de una vez por todas, del dichoso secreto.
Y no porque me atormente la conciencia. No, os aseguro que esa la tengo bien tranquila. 
 Os prometo que solo lo hice una vez. Un pequeño cambio en los ingredientes que resultó ser una receta exquisita, personalizada y, sobre todo,  efectiva.
Mi jefe nos había invitado a todos a cenar en su casa. Un encuentro de esos que ahora están de moda, para confraternizar, mejorar el trabajo en equipo y todas esas vainas, que a mi siguen pareciéndome inútiles,  y que cómo mucho sirven de excusa para emborracharnos y soltar por la boca lo que no está escrito.
 Una ocasión perfecta para presumir de su chalet de lujo, con su jardín iluminado, en un barrio perfecto con seguridad privada.
Se me presentaba  la oportunidad de agasajar al perfecto idiota ese, en agradecimiento a sus serviciales atenciones con mi persona.  (Y que conste  que no pretendo insultarle, para nada; es una simple descripción).  Porque mi jefe es un idiota vocacional,  que además hace masters para perfeccionarse. Practica con esmero, día tras día. Doy fe. Y  me baso en hechos reales, que se pueden comprobar. Tengo testigos.
No me permite abandonar el puesto de trabajo sin avisarle; nada de  salir a tomar un café a media mañana. Cuando pido permiso, el muy capullo siempre me responde igual: “Termina ese informe, que el café ya te lo traigo yo ahora”.
¿Ahora? ¡Este tiene su reloj tan lento como su cerebro! Y no  creáis que luego  aparece con uno de esos ricos cafés americanos que venden en la cafetería de enfrente. No. El muy… (Aquí no voy a escribir tacos).  Pues lo que os iba diciendo: Cuando tiene a bien, me trae uno de esos vasitos de plástico, a medio llenar de un líquido horrendo, que las autoridades sanitarias consienten que se denomine ¡¿Café?!... Y que me hace correr al baño durante el resto de la mañana. Y claro, encima tengo que avisarle cada vez que abandono mi puesto en la recepción ¡Eso sí que me hace perder la productividad!

 Por suerte, mi queridísimo jefe también es un glotón.Y yo la reina de los bizcochos. Así que hice gala de mi habilidad culinaria, y aparecí en la fiesta con un oloroso bizcocho; de calabaza y chocolate. Me salió redondo. Para rematar la tentación,  lo decoré con crema de chocolate y virutas de colores ¡Irresistible! Lo dejé en su nevera; todo entero para él solito...
 ¡Perfecto! Bueno... Quizás me excedí en el laxante, pero ahora eso ya no tiene importancia.


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