MÁS VALE TARDE QUE NUNCA



Laura llega tarde otra vez, pero  le da igual. Sus amigas ya hace media hora que la esperan en el bar de siempre. Hoy no le importa la bronca que le suelten,  sabe que, en cuanto la vean,  van a darse cuenta que las cosas no van bien. El desaliño que lleva encima las va a dejar mudas; pero  eso hoy es lo de menos.  
Laura,  la mujer de las prisas constantes, hoy camina  despacio. La mujer de imagen impecable,   va hecha un adefesio,  y le importan un bledo las miradas de los demás. Cuando llegue al bar  será observaba, con asombro y disimulo,  por los que la conocen. La chica bien,  que viste siempre con ropa de marca y se  maquilla hasta las cejas, hoy lleva la blusa mal abotonada, el pelo arremolinado en un moño deshecho en la nuca, y sin maquillaje  que disimule el bajón que trae encima.
Llega tarde, sí,  pero va decidida a escalar el peldaño  que la saque del pozo donde ha vivido hasta hace media hora.  Laura al fin se ha dado cuenta, que es mejor tarde que nunca.
Llega sin su sonrisa, ni sus disculpas de siempre.  Un tímido "hola" que  Nuria, Eva y Lucía responden del mismo modo. Se han quedado sin palabras  al verla aparecer así, de esa guisa.
—Bueno, chicas, como siempre soy la última, pero os aseguro que hoy no me voy a largar en media hora, como otras veces. Vengo sin prisas. 
—Pero… ¿Qué pasó, Laura? ¡Traes una cara!... ¿Te encuentras mal?— pregunta Nuria, que es la más directa de todas.
—Lo inevitable,  supongo. Pasó lo que debió pasar hace tiempo —  responde en voz baja, mientras ocupa  la silla vacía entre Eva y Lucía —Pero ahora no, por favor chicas, antes de nada,  quiero una caña.

El silencio se hace eterno mientras esperan las cervezas.  Laura necesita contar, más que ellas saber. Necesita sacar todos los demonios que tiene encerrados desde hace ya unos años. Darle puerta, de una vez por todas. Devoran su vida  a bocados y  sabe que no van a desaparecer así, como por arte de magia. Tiene que echarlos ella, y ya. Cada vez son más insoportables, más voraces, más peligrosos y más monstruosos.
Unos cuantos, y  largos, sorbos de cerveza, en silencio tenso, mirando a sus amigas  a los ojos, una por una. Ellas son su fuerza, y ahora las necesita más que nunca. Empieza a hablar y su voz es inesperadamente serena.
—Sé que lo que voy a contar os parecerá mentira, y lo entiendo. Durante demasiado tiempo, ni yo me creía que me pudiese estar pasando todo esto…  Pero la realidad es la que es… No queda más remedio que echarle valor y  plantarle cara  de una vez. Es muy difícil hacerlo sola. Necesito ayuda.
La miran atentas, pero a apenas pueden oírla, con todo ese ruido en la terraza del bar. Laura habla pausada, casi con frialdad, pero la gravedad del asunto la lleva en la mirada.
—Bueno, lo primero,  pediros perdón.
—No es necesario, Laura.  Si vienes tarde tus motivos tendrás. —Le dice Nuria.
—No, no es por llegar tarde. Os pido perdón por muchas cosas, pero sobre todo porque durante mucho tiempo no he sido sincera. Y no es falta de confianza, os lo aseguro. Pensaba que era normal lo que estaba pasando, pero ya me he cansado. Mi  vida color de rosa es todo teatro… Pura  mentira…
—Laura, nosotras somos tus amigas desde hace mucho, y si algo no va bien, sabes que estamos aquí cuando nos necesites. En las duras y las maduras. Nos tienes preocupadas. Que no estás bien se ve a simple vista. — Le responde Eva, que hasta entonces no había dicho palabra.
—Este no es el mejor sitio para hablar de intimidades, chicas. ¿Qué os parece si nos vamos a dar un paseo a la playa? Hace tanto tiempo que no vamos… Tengo el coche aquí al lado.  
—Buena idea, Lucía.  ¿A ti te va bien, Laura? ¿Te dará tiempo? —Nuria le toma la mano esperando un sí.
—Sí, tengo tiempo; hoy no tengo prisa ninguna. Quizás ni  vuelva a casa…  Se terminaron las prisas, chicas ¡Tengo tanto que contaros!…
 En el coche les cuenta que las cosas con Javier se habían puesto muy feas. El tema viene de lejos;  ella creía que era cuestión de tiempo, de adaptarse a la convivencia. Pero va a peor, y ya no puede más. Quiere terminar con eso, aunque sabe que su decisión va a dañar  a otros… A sus padres, a su hija, que no tienen culpa de nada. Pero es peor seguir así, porque van a terminar mal, muy mal…
—Hoy llevé a la niña con mis padres. Se la llevan a la finca algunos fines de semana. Yo iré mañana a hablar con ellos. Pero antes necesito desahogarme. Hasta me da vergüenza veniros con este marrón, después de tantas veces que pasé de vosotras.  Puedo parecer una egoísta,  pero,  o hablo o reviento.
     ¡Qué tonterías dices, niña!— Nuria va a su lado, en el asiento de atrás, y no le suelta la mano. Lleva tanta tensión esa mano…
— Sé que con vosotras siempre puedo contar, y en estos momentos os necesito más que nunca en la vida. Por eso estoy aquí, decidida.
—Claro que vamos a escucharte, reina. Para ti siempre tenemos tiempo; todo el que precises. Hoy, y cuando quieras. —Nuria no sabe bien cómo tratarla, sin pasarse ni quedarse corta, y las demás tienen  la misma sensación. No quieren parecer paternalistas, ni resabidas. Ponerse en su piel es imposible. No  necesita que la compadezcan, solo tienen que escucharla y no opinar si ella no pide consejo.  
— Por supuesto que puedes contar con nosotras, Laura.  De entrada puedes venir a mi casa, el tiempo que necesites. Ya sabes que ahora vivo sola y tengo un cuarto vacío. Ven a dormir hoy que no tienes la niña.  Ya mañana, tranquilamente, piensas lo qué vas a hacer. Vente, anda…
—Gracias, Eva. Quizás... Luego te digo…
Apenas tardan quince minutos en llegar a la playa. Solamente unas cuantas personas pasean por la orilla y el sol está a punto de irse.  La estampa es de postal. Espectacular, si el ánimo hubiese sido mejor.
 Buscan un lugar tranquilo donde estar a gusto,  y encuentran el sitio perfecto en una calita entre las  rocas.
—Aquí es ideal ¿no, chicas?
—Justo para nosotras — dice  Nuria—  Aquí estamos a salvo de cotillas.
Las cuatro se sientan mirando al mar.  Ahí Laura abre su  particular caja de pandora, con una calma inaudita, comienza a contar su infierno.
—La cosa empezó hace tiempo. Me gritó la primera vez, a  los tres meses casados. Por una tontería…  Marchó de cena  con los compañeros de trabajo, y se me dio por encender las luces de toda la casa. Me quedé dormida, y cuando llegó no veas la que lió por eso. A mí no  me parecía para tanto… Sabe que no me gusta estar sola, que la luz me hace sentir más segura... El alcohol, pensé. Este viene pasado de vueltas y no razona… Al día siguiente me pidió perdón. “No volverá a suceder, cariño. Si la culpa es mía por dejarte sola por la noche en esta casa tan grande. Tienes razón, cielo, tampoco era para tanto… Perdóname, cariño”. Y esa tarde, al volver del trabajo, me trajo unas orquídeas preciosas, mis flores favoritas…  Nada. Que la cosa pasó a la historia…
Toma aire en un suspiro profundo. No llora, pero su sufrimiento y la angustia se mastican en el aire. Sigue hablando, con la vista fija en la arena blanca y en el ir y venir de las olas.
—Bueno, lo que os decía… Hubo más escenas, siempre que venía bebido. Y se pasaba de frenada… Luego ya daba igual… Con cenas o sin cenas, de día o de noche, bebido o sin beber.  Siempre buscaba gresca por cualquier cosa… Pero el no va más, fue cuando empezó a meterse con mi ropa. Con mi forma de vestir…  Esa falda es corta de más, esa blusa transparenta todo, esos zapatos parecen de fulana. Que si esto, que si lo otro… El caso era  montar el pollo.
Los silencios de Laura apenas duran  segundos. Ninguna se atreve a decir nada, aunque todas tengan en mente la misma frase: “¡Quién lo iba a sospechar. Si parecen la pareja perfecta!”
—Cuando nació la niña pensé que iba a cambiar. Y claro que cambió…   Hace lo mismo pero sin gritar. El mismo daño, en voz baja. Incluso se atreve delante mis padres, o de los suyos. No altera la voz ni los gestos, se me acerca al oído y me lo suelta, con una sonrisa de cínico que no veas…
     ¡Qué imbécil!  — Esta vez es Lucía la que no se corta  —Perdón, es que no lo aguanto.
— Al principio sus palabras me dolían mucho,  pero,  poco a poco, me acostumbré y lo vivía con naturalidad. Es su carácter, pensaba… Luego venía con los regalos sorpresa y a mí se me pasaba todo.  Con ese arte  que tiene para el camelo… Así de sencillo, de tonta que soy… Lo peor es que terminé por darle la razón… Ya me conocéis, soy puro despiste. Me olvidaba cada vez de más cosas…  A veces olvido que los fines de semana hay que poner un menú rico en hidratos, porque va a hacer deporte con los amigos. Pero nada, se me olvida algo tan fácil como eso. Soy un desastre...
     ¡Eh! Para el carro, nena ¡Quieta ahí!  De desastre tú nada. Si tanto necesita los hidratos que se los cocine él ¡Lo que faltaba! Perdona que te lo diga así, pero es que se me están hinchando las narices ya. —Eva se atrevió a interrumpirla. Esto ya no es  pena, es pura indignación. No entiende como Laura, tan enérgica ella, se deja manipular de tal manera por ese egocéntrico.
     Ahora ya os imagináis,  porque vengo siempre con el tiempo tasado; con las prisas. “Dos horitas, nena, sobran para vuestras tonterías. Para hablar de trapitos ya tienes a tu hermana. Que no hacéis más que comprar y comprar… Que tienes la visa más quemada que la pipa de un indio”.

     ¡Pues menos mal que trabajas, chica!. Perdón. Discúlpame, pero es que me revienta eso.
—No me molestas, Nuria, que llevas razón.  Tampoco yo entiendo como tengo tanto aguante. Si todo eso es puro machismo. Ya lo sabéis lo fashion victim que soy… Que llegué al punto de ver normal que se enfade por todo lo que me gasto en ropa.
—No, no, Laura. Lo que eres es una chica muy femenina,  y muy guapa. Y si te gusta vestir bien y te lo ganas es cosa tuya. Que no se te olvide. —Esto a Lucía le salió del alma.
— Ya… Ahí está el lío, que paso de lo que me dice… Tardé demasiado en darme cuenta, pero su actitud es maltrato. Simple y llanamente. Hay palabras que hieren y marcan tanto o más que los golpes en el estómago. Lo que pasa es que no deja marcas. Así  puede seguir  impune y encantador ante los demás, mientras a ti te consume la vida…Hoy no quería que viniese, me dijo que os llamase y pusiera una excusa.  ¡Pedazo egoísta! Dije basta. Basta, Laura. Vete y no vuelvas. Quizás estés a tiempo aún de recuperarte. Hoy es el día. La niña no está en casa… Vete y habla. Cuéntaselo todo. No silencies más tu vida… Y aquí estoy. Ya sin prisas…
—Nunca es tarde…  Nos alegramos de tu decisión — Nuria  habla por todas.

—Hola Javier. Mira, aprovechando que la niña está con mis padres, voy a quedarme a dormir con Eva esta noche… No, no… No vengas a buscarme. Necesito pensar. Hablamos mañana. Descansa.





-           


Comentarios

Entradas populares de este blog

CUARTOS SEPARADOS

TRAVESÍA AZUL

CONFESIÓN PÓSTUMA