AMORES DE CUENTO



Hay amores de cuento. Y os lo digo yo, que nunca me creí eso de que besando a un sapo  podrías convertirlo en príncipe.
Pero ahora aquí que me tenéis, con un sapo enorme tirado en el sofá tomando cerveza, mientras espera a que termine de hacerse la pizza precocinada que metió en el horno.
— ¡Amor! ¿Puedes comprobar si ya está eso listo?
Yo sigo escribiendo sin darme por aludida, al fin y al cabo puede que aún sea su amor, pero  tengo muy  claro que no soy su cenicienta.
Debo confesar que sí lo besé mucho, cuando era mi príncipe (rubio, no azul). Un príncipe galante que venía a esperarme a la puerta del instituto con su moderno carruaje rojo, donde me besaba en los labios cada día,  (y hacíamos el amor alguna que otra noche), mientras me contaba el cuento ese de que sería su reina para siempre jamás.

 Lo que jamás se me pasó por la cabeza fue que de tanto besarle lo terminaría convirtiendo en un verdadero sapo; y que el castillo donde vive con su reina,  tendría que pagarlo yo, letra tras letra, con el sudor de mi frente. Porque los sapos mucho croar, pero el trabajo les resbala en su piel viscosa.
¡Ah, perdón! Me estoy distrayendo. Pretendía  contaros la historia de un amor de cuento, una de esos amores que son deslumbrantes y diferentes,  y  yo aquí, hablando de un amor de lo más corriente y común; algo muy parecido a lo que muchos tendréis en casa, habréis tenido o tendréis en el futuro si os creéis todos los cuentos que os cuenten.
Pero es que yo, a este sapito mío lo quiero tanto, que me olvido de sus defectos en cuanto me abraza y me besa en los labios, como cuando era mi príncipe de cuento. Es mi defecto: ¡La zoofilia! (Pero que se levante él a ver la pizza).

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